La ley de la búsqueda

Bali, la isla de los dioses

Si tienes el coraje de cuestionarte por qué haces que lo que haces, sobre todo si no es lo que realmente deseas hacer… Si eres capaz de percibir que cuando respiras no sientes el aire y cuentas con el valor de dejar atrás todo lo que conoces, todo lo que te protege, te da seguridad, te consuela, y te embarcas en un viaje en busca de ti y de la verdad. Si estás dispuesto a desprenderte de tus miedos, de tus rencores, de tus posesiones, de tus hábitos. Si adquieres el compromiso de respetarte, perdonarte, de aceptarte; de amarte. Si te concedes la enriquecedora experiencia de permitir que todo lo que te pase y a todo el que te encuentres en ese viaje te enseñe algo, te aporte algo, responsabilizándote; entonces, te elevarás a ti mismo y hallarás la verdad.

 La ley de la búsqueda es transformación y este mundo necesita oleadas de transformación.

La ley de la búsqueda simboliza tanto un proceso psíquico como un tipo de experiencia. No se representa únicamente a través del dolor, la restricción y la disciplina, sino también del impulso existencial contenido en la psique, el cual se da de forma natural en los seres humanos, y gracias a ello es posible alcanzar una mayor conciencia y plenitud.

La psicología ha demostrado la existencia de esta pulsión innata, de la motivación hacia la totalidad a través del arquetipo del “yo-mismo”. Este impulso aspira a la perfección, pero no la lleva aparejada como ideal místico, ni se nutre exclusivamente de las cualidades positivas, pues supone una totalidad de cualquier cualidad que encaja armoniosamente en el todo. Este arquetipo está presente en las religiones, el folklore y los cuentos de cualquier civilización, independientemente de su época histórica. Intrínsecamente, se trata de lo mismo, tome la forma que tome en su exteriorización.

Los impulsos que subyacen en la psique aspiran a la realización de la experiencia interna para alcanzar la plenitud, representan el valor educativo del dolor y la diferencia que estriba entre los valores externos, que se adquieren de los demás, y los internos, los que hemos descubierto en nosotros mismos.

Sus vicios son particularmente desagradables ya que operan mediante una vertiginosa emoción: el miedo.

El miedo hace que se potencien las cualidades más sombrías del individuo, del autocontrol, tacto, parquedad y precaución, que pierden la elegancia de la expresión de los sentimientos universales y la espontaneidad de los mismos. Pero no se debe culpar al miedo de las limitaciones, frustraciones, dificultades y penurias. Éste, como todo, está dotado de un propósito mayor que atiende a la necesidad vital del autoconocimiento. Y aunque se presente con un traje recalcitrantemente deprimente, su experiencia es tan necesaria como educativa en un sentido práctico y psicológico; espiritual.

Aguantar estoicamente los desengaños, apretar los dientes rechinándolos, no hacer nada y, de esta forma, pagar las deudas y hallar el sendero hacia la luz, es una respuesta común a estos estadios. Pero lo que realmente pide la Esencia es que, igual que Parsifal cuando se encuentra en el castillo encantado y ve el Santo Grial, nos preguntemos “¿por qué?”.

Lo que sucede en el interior de un ser humano permanece con demasiada frecuencia en el terreno de lo desconocido de forma consciente, pues bucear en semejantes aguas no parece nunca una elección voluntaria ni de una persona cabal, ya que en caso de darse tal experiencia, suele estar provocada o incentivada por un acontecimiento dramático exterior que obliga al retiro o la soledad. Enfermedades o accidentes frutos, para la mayoría, del azar o la mala suerte, a las bacterias o a una pobre alimentación, son los canales favoritos de este tipo de procesos que conducen a la divina autoexploración impuesta que simula el castigo humano: la soledad. Pero la soledad es un valioso tesoro que nos permite recorrer el sendero de la reflexión, el autoconocimiento, la Fe y la Verdad.

Aún así, se descubre muy poco del significado o valor interno de la experiencia. Parece que solo se ganara precaución y no abiduría. No hay nada que provoque mayor fastidio que tener que aceptar la responsabilidad de nuestros actos, y nuestro sino, a pesar de que queramos creer desesperadamente que somos libres. Pues ya sea en terminología esotérica o psicológica, el hecho básico permanece inalterable y las personas únicamente ganan libertad a través del descubrimiento propio y éste no se produce hasta que las cosas se ponen tan feas que no hay otra salida.

El mero deseo de eliminar un problema y la compresión de las causas superficiales de este, no lo hacen desaparecer, especialmente si se trata de un problema interno cuya pretensión no es otra que alcanzar un equilibrio o un punto de vista más elevado, mostrando sólo la punta del iceberg que atina a revelar el 10% de lo que emerge de sus profundidades. El verdadero sufrimiento surge en el individuo cuando sus ideas conscientes de lo que es correcto o apropiado colisionan con el camino que inconscientemente ha escogido, generando el conflicto interno en forma de dolor penetrante, sensación de futilidad y falta de objetivos.

Mucha gente vive en un permanente callejón sin salida, sea lo que sea lo que busquen en la vida, la pulsión de su ley de búsqueda particular, en última instancia siempre hacen algo que destruye el sueño antes de que se cumpla. Esta capacidad innata de destrucción está relacionada con el miedo y el sentimiento de culpa, bajo los cuales también existe una finalidad más significativa: una metanecesidad de orden superior, el crecimiento que se encuentra flanqueado por las fronteras que erigen el ego y se alimenta del “miedo a su propia grandeza y plenitud” (Ser Superior/ Espíritu/Alma, Esencia divina, Yo Superior/Yo Supremo). En ese punto de autodestrucción humana, con el que todos contamos, se anula la individualidad atendiendo a un propósito superior que se vierte al mundo, a ese inconsciente colectivo que necesita expresarse de igual modo y al que también nos conectamos, pues formamos parte de él.

Normalmente solo se contempla la destrucción, el resultado de la titánica detonación, a lo que se suele llamar “El Mal” y se ha personificado con la imagen de Satán. Este conflicto entre el consciente y el inconsciente, la luz y las tinieblas; no es bueno ni malo, ni positivo ni negativo, sencillamente es necesario para el crecimiento, ya que de éste surge la integración, una conciencia más amplia y, en una escala superior, la satisfacción de una metanecesidad; la elevación. (Y aquí da igual lo que el individuo se lleve por delante, ya sea un matrimonio de veinte años, la empresa familiar, los ahorros de toda una vida, una amistad, la cocina, una telaraña o lo que se tercie, según haya integrado esa dimensión en su realidad, ya que cuanto más “nos trabajamos”, cuanto mayor es el grado de conciencia, menores consecuencias para el entorno y el propio ecosistema vital adquiere la explosión).

La dualidad que se halla al traspasar el umbral de la consciencia, suele ser bastante incómoda, debido a que con frecuencia olvidamos que cualquier objeto que está en la luz proyecta siempre una oscura sombra. Dios y Satán, tengan o no una existencia objetiva, están presentes en la psique del hombre en forma de impulsos, y de la propia naturaleza, pero no son lo que aparentan.

Sea como fuere, en el ser humano existe una tendencia a hallar la alquimia que reside en el equilibrio de ambas polaridades, un anhelo de armonía vital y comprensión de sí mismo como parte de ese todo. La proyección externa del mundo interno y la apreciación interna de lo externo.

Es posible extraer el oro si se hace el esfuerzo necesario y se llega a apreciar la sutilidad de la experiencia que cuenta con un sentido del humor capaz de comprender su fina ironía.

La “vocación”, proviene del verbo latino “vocare”, que significa “llamada”. Una vocación es el sentido de un destino especial, un sentimiento que arrastra el fin de ser y hacer algo en el mundo aunando objetivo y significado.

La necesidad de la seguridad material no es una llamada, pues esta es una necesidad física, material y básica en todos nosotros, y hay para quien también es una necesidad de orden emocional. Pero esto no está unido con el sentido del significado y el objetivo y tampoco con la seguridad en sí misma, pues esta necesidad es ilusoria y en el plano de la materia nada es seguro.

La vocación humana está erróneamente ocupada e incluso preocupada con las aspiraciones que permiten sentir que uno vive una vida significativa, relevante, pero no en un orden superior, sino material, físico, denso. Alberga un poderoso deseo de trascendencia, de construir algo que perdure en el tiempo, que se extienda más allá de la propia existencia del individuo. La necesidad de haberse distinguido en el mundo, que se ha contribuido en una posición de autoridad devengada a través de la experiencia y la responsabilidad. No se trata de poder, sino de la autoridad que refleja el respeto por el cual se es “seguido” por otros o se ha marcado a “otros” en el contexto de su globalidad. También en términos de legado, ya sea un apellido, un patrimonio…

Al alcanzar cierta integración y desarrollar la vocación superior en alguna medida, germina la creatividad, la inventiva, el descubrimiento y el avance que dotan de vida al cuerpo, ahora capaz de expresar ese todo sin perder la esencia de su individualidad mediante el latido de un corazón que palpita al ritmo del progreso; con amor.

Sin este trabajo personal e intransferibles las personas caen en la holgazanería y la pereza y la ley de la búsqueda se desliga de su capacidad y se delega en un “gurú”. El ser humano es capaz de convertir a una persona incluso un objeto o lo que se tercie en un gurú si quiere ser un niño que necesita un padre/madre que tenga todas las respuestas. Se evita el esfuerzo que implica y esa dependencia de alguien o de algo no es más que una manifestación de nuestra pereza, legando nuestra capacidad de discernimiento, estudio, análisis, toma de decisiones, y un larguísimo etcétera, a otros. Y como permanezcas aletargado en el placer de las mieles de la pereza, tu Espíritu/Alma no tardará en despertarte de golpe con un enjambre de avispas dispuestas a clavarte el aguijón.

La ley de la búsqueda implica hallar la verdad en uno mismo. Cultivar el don de cuestionarse hasta las propias creencias a fin de adquirir una visión más amplia de la simple geometría de nuestras formas.

Si delegamos la necesidad de luchar individualmente para descubrir lo que entendemos es la verdad, nos perdemos a nosotros mismos.

Cuando carecemos de la propia dualidad integrada, de la conciencia a nivel individual y colectivo, nos desligamos del conocimiento y objetividad, del valor de las experiencias, de la correcta gestión de nuestras emociones que pasan a dominarnos exigiendo soberana obediencia.

“Es extraordinario andar siendo una figura geométrica interpretable a diversas escalas en un mundo que se empeña en ser plano, pero que, en realidad, no lo es, pues forma parte del complejo e infinito universo que se es capaz de rozar en el apasionado baile entre la genialidad y la locura”

De la novela ¡Una vida, por favor!, Editorial Círculo Rojo.

Si nos enfadamos por algo o alguien y somos inconscientes de esa rabia, desatamos nuestra ira sin control alguno, de forma tan impulsiva como dramática, ya sea en forma de palabras o hechos, de cinismo o golpes. Y una vez pasado el ciclón, nos sentimos culpables en lugar de responsables. Podemos aprender de ello y pedir perdón con la humildad de haber encajado una lección que no repetiremos jamás o hacerlo sencillamente para quedar bien, volviéndolo a repetir sin más, porque existe una negación/limitación personal a hacer consciente el inconsciente, a llevar luz a la oscuridad.

Cuando nos hacemos conscientes podemos observar la rabia, pero no identificarnos con ella: no somos la rabia. Pasamos a cuestionarnos la situación dentro de su contexto a través de preguntas que dilucidan el por qué: “¿Qué ha querido decir realmente con eso? ¿Por qué provoca esto en mí?”.

En este caso se trata de una rutina integrada en la persona, que automáticamente observa y se cuestiona la situación y a sí misma como un comportamiento aprendido, pues se está reeducado.

Ese rápido autoexamen pueden arrojar la sensación de estar siendo objeto de una proyección, de un miedo aparente del otro que ve en nosotros a esos fantasmas que le atenazan y teme que respondamos al patrón de una experiencia pasada que ha evocado su inconsciente. Entonces, la conciencia se expresa manifestando su desconcierto con plena honestidad y sinceridad: “Estoy dolida/o contigo”, “Lo que has dicho es muy hiriente”, “¿Eres consciente de lo que acabas de decir?”.

Y no tiene mayor relevancia o trascendencia, sencillamente hemos expresado lo que el otro ha proyectado en nosotros o ha querido proyectarnos. Y no pasa a mayores.

En última instancia puede darse el caso de que sea nuestro propio interruptor el que se ha disparado siendo el que proyecta, entonces es cuando guardamos silencio, pues nos damos cuenta de que esa rabia no tiene nada que ver con el otro; es cosa nuestra.

Se trata de una cualidad de la conciencia que logra que se permanezca fuera de la experiencia, no disociado de ella, pero lo suficientemente alejado, desapegado, desidentificado como para reconocerla.

Todo esto tiene mucho que ver con permanecer en un centro fijo y ser conscientes, no solo a nivel intelectual, sino a todos los niveles, de algo que re-conoces, pero sin sentirse identificado con ello y que has alcanzado gracias a la integración de tu Ser Superior. Hay una especie de espacio que separa este plano y no te identificas con lo que estás experimentando.

Esta es la moraleja de cualquier cuento, lo que tratan de inculcar las diversas religiones en su esencia primitiva, lo que transmite la ética y la moralidad, lo que enjuician las leyes humanas en su concepto de justicia, lo que estudia la psicología, lo que enseña la mitología y lo que trata de revelar la astrología.

Somos individuos que forman parte de un colectivo, la voluntad que aspira a la trascendencia, la sombra que opera desde la luz y la luz desde la sombra de un inconsciente que pugna por hacerse consciente en su firme valentía de ser; con amor y sin miedo.

Imagen, Bali, la isla de los dioses.