La evolución que dicta el cambio

La única constante en la vida es el cambio. Sin embargo, parece que nos cuesta tanto entregarnos a él…, podemos apegarnos al sufrimiento que nos confiere lo conocido con fuerza por miedo (más vale malo conocido que bueno por conocer…) e incluso por obstinación, por no desdecirnos, como si no tuviéramos la eterna posibilidad de elegir, de cambiar repentinamente de rumbo, de concedernos el maravilloso regalo de la libertad. En ocasiones son los prejuicios, las normas sociales, los estereotipos; convencionalismos… Otras, el desconocimiento, ignorancia o inconsciencia de nuestra propia identidad.

Cuando agarramos algo, nos hacemos daño tratando de sujetarlo, pues cuanto arde continuamente en el latir evolutivo es soberanamente libre y da igual que sea un hilo o una cadena lo que ate al ave, simplemente, le impedirá volar. Debemos, ante todo, dejar a un lado las ideas negativas, prejuicios y posibles anticipaciones catastróficas, que no son más que obstáculos que ponemos en nuestro sendero. Porque todo miedo es el filo de una navaja que corta nuestras alas. Y todos podemos volar…

Sabemos que los cambios duelen, pero también que son necesarios para nuestra evolución. En la cultura oriental la palabra “cambio” se represente con dos ideogramas que a su vez ilustran dos términos: “peligro” y “oportunidad”, algo realmente significativo.

Todo cambio genera incertidumbre, tenemos la impresión de que, durante ese lapso de tiempo, “vamos a perder el control de nuestra vida”, lo que puede generar una gran cantidad de angustia o ansiedad a canalizar, llegando a inhibirnos e incluso a bloquearnos ante lo que el ego considera su propia perdición.

El ser humano tiende a crear una realidad donde “lo conocido” le proporciona sensación de seguridad, tranquilidad, estabilidad; control. Un día a día donde sabemos cómo y cuándo debemos actuar. Una zona de confort en la que a pesar de no SER plenamente, permanecemos, y que nos mantiene aprisionados en el interior de la burbuja bajo un eslogan que nos advierte que lo que hay al otro lado es toda una amenaza, pero no porque realmente lo sea, sino porque es diferente, desconocido, nuevo, inusual… Algo más grande de lo que ya somos, pero la homeostásis, la tendencia del yo a mantener el status quo, nos invita a desarrollar el complejo de Jonás temiendo a nuestro propia grandeza y potencial.

Todo cambio implica una gran dosis de valor, pues no hay valentía sin miedo. Nos obliga a adaptarnos a las nuevas condiciones del entorno, a invertir gran parte de nuestra energía en algo que aún está por definir, mientras dejamos atrás aquello que nos regalaba una cantidad ingente de comodidad. Es posible llevar a cabo los cambios que consideremos de una forma equilibrada y armónica. Ni todo lo conocido es limitante ni todo lo nuevo, enriquecedor, ya que puede, que en un intento de liberarnos y avanzar, nos llevemos por delante hábitos, conductas o creencias de lo más constructivas o que el miedo a expandir nuestras fronteras y a cuanto sea diferente de nosotros, nos impida crecer como individuos o desarrollar nuestra creatividad.

Diálogos internos

Para ser capaces de iniciar el cambio que tanto deseamos, pero que no nos atrevemos a propiciar, necesitamos, en primer lugar, ser realistas y conscientes de nuestra situación.

¿Cómo te sientes en este momento? ¿Eres o estás en una realidad que de verdad deseas, con las personas que deseas? Cuando te miras al espejo ¿puedes decirte que eres feliz, que te sientes digno, que estás desplegando todo tu potencial o hay una mejor versión de ti mismo? ¿Haces lo que sientes, sientes lo que haces? Tal vez, en alguna de estas cuestiones, resida la naturaleza del cambio, sea cual sea su magnitud.

Los objetivos han de ser realistas y estar sustentados en algo que, de alguna manera, late ruidosamente en tu interior, algo que deseas, pero que al mismo tiempo has frenado por creencias, patrones, convencionalismos, educación, sistema de valores, el qué dirán…

Pequeños objetivos para grandes metas

Lo idóneo es ir exponiéndonos poco a poco a determinadas situaciones donde podamos ir desarrollando estrategias e ir aprendiendo a manejarnos en ellas, pequeños objetivos que nos permitan llegar a la meta que hemos definido. No se trata de tirarse de cabeza a la piscina sin comprobar que hay agua primero. Podemos introducir un pie, luego otro, zambullirnos junto a la barandilla, comprobar si llegamos al fondo o no y así sucesivamente, sin prisa, pero sin pausa. Puede que esto parezca ridículo, pero para alguien que no sabe nadar, no lo es. Lo importante es sentirlo, sentir que deseas nadar, que deseas saber qué se siente al hacerlo y hacerlo, y no porque otros opinen, te sugieran o te impongan que debes nadar. Si es lo que verdaderamente anhelas desde el fondo de tu ser hay dos opciones: elegir aprender a nadar o que tengas que aprender a hacerlo y te veas en medio de una situación en la que o mueves los brazos y agitas tus piernas, o te ahogas.

Si no nos arriesgamos no alcanzaremos nunca la libertad que implica elegir, ni elegiremos con libertad. Perder el miedo es apostar por ti, confiar en que lo que deseas, y en que puedes hacerlo.

El cumplimiento de esos pequeños objetivos, así como el desarrollo de los mismos, te proporcionará la satisfacción y adrenalina necesaria para seguir adelante, comprobando ese famoso “querer es poder”.

Ahora sé que la vida es más vida así. Con miedo y el pulso entrecortado, porque el miedo nos invita a ser valientes y el amor, más fuertes.

De la novela, ¡Una vida, por favor! Editorial Círculo Rojo, 2017.

 

Integrar las etapas.

Aceptar que la vida es cambio nos permite vivir el aquí y ahora, disfrutar de hoy sin correr en busca de conjugaciones pasadas o sin preocuparnos por mañana. A fin de cuentas, el futuro no es más que la proyección natural del instante presente y si hoy creas tu realidad, participas activamente en cada instante de tu vida y te responsabilizas, mañana, también.

Es importantísimo aprender a cerrar etapas, capítulos o historias. Eso es vivir: cambiar, renovarse, reinventarse; crecer… No permanecer donde ya no lo deseas por miedo a la incertidumbre. Quizás, actualmente, estés viviendo una pérdida, y toda pérdida implica dolor, conlleva un luto. Concédete el margen que necesites sin presiones, pero no olvides durante ese proceso que volverás a redactar otro capítulo que será “más y mejor”; tú lo harás más y mejor, porque habrás aprendido, sacado conclusiones y madurado en muchos sentidos a través de cada experiencia vital.

Dualidad/Totalidad

Nada es totalmente malo, aunque ahora mismo no tengas la capacidad de percibir el lado positivo que encierra esa situación o vivencia. Si observas de un modo objetivo, sin identificarte con la emoción, te darás cuenta que nada es bueno o malo, y que la dualidad es una falsa sensación que nos sitúa en un extremo que nos impide contemplar la totalidad y el entendimiento de los cliclos naturales. Y es que existe una razón fundamental para que a un proceso vital le siga otro. La energía no se crea ni se destruye; se transforma. Nosotros, también. Y tarde o temprano, la luz de la consciencia ilumina el camino, y evolucionar se convierte en una necesidad desapareciendo de tu vida todo aquello que ya no vibre de un modo afín. No te sientas mal, no has perdido nada, te has ganado a ti.

No tenemos que esperar a que comience la semana o a que llegue el uno de enero para iniciar un cambio, pues el cambio emana de nuestra intención y cualquier excusa será buena con tal de no ponernos manos a la obra cuando sentimos que hay que dar un paso al frente. Lo importante es tener claro lo que quieres y moverte hacia ello, tomando decisiones en lugar de que estas te tomen a ti.

 

“A veces, hay que quitarse los tacones para poder caminar, para que la fina aguja que nos alza no se ancle entre los adoquines de las calles y podamos llegar sin problemas a donde queremos. Quitarse los tacones implica desprendernos de algo que nos impide ir al ritmo que deseamos, que no nos permite correr o marcar el paso como quisiéramos. Supone liberarse, aceptar que no se puede andar con ellos y tomar la sabia decisión de parecer menos alta, ensuciarse los pies e incluso arriesgarse a ser señalada con el dedo. Es necesario hacerlo y sentir el tacto del suelo: unas veces agradable y otras, no tanto. Me quité los tacones y algo en mí había vuelto a cambiar, ya no era la misma, me había desprendido una vez más de mi piel y lucía una nueva, que también debía mudar, pero otra a fin de cuentas.

Ahora contaba con una buena aliada: la fe. Creía en mí misma, en sanar mi cuerpo, en ese “todo irá bien”.

En este mundo en el que vivimos, donde nadie se detiene, donde los pequeños detalles pasan desapercibidos, los relojes aprietan, las relaciones terminan con ETS y la gente enferma de cáncer, la única forma de virvir es teniendo fe. Una fe que consiste en ir dibujando con finos trazos de tinta el mundo que debería ser, el que queremos que sea. Donde ningún ser vivo pague por vivir en él y no haya impuesto que grave a su persona, donde impere el respeto y el amor por todo y todos, donde quienes somos y cómo nos ven los demás sea lo mismo, donde lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos, sea lo mismo.

Nunca nadie debería echarse de menos, cerrar los ojos y esperar a que todo pase, sino vestirse con esa fe y aceptar cuanto venga, viviendo cada día sin sentirse enfermo ni prisionero, siendo capaz de admitir que hay cura y queriendo ser curado. Era consciente de ser como un árbol, al que debía podar algunas ramas para que pudiera dar nuevos frutos. En un principio, puede ocasionar cierta tristeza arrancar ramas aparentemente sanas, pero hay que desprenderse de lo viejo para que surja lo nuevo.

A veces, necesitamos rozar la muerte para apreciar la vida, perdernos para encontrarnos, temer para amar”.

De la novela, ¿Dónde está el hombre de mi vida?, Editorial Círculo Rojo, 2013.

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