A la defensiva

 

Existen ciertos impulsos que se muestran como peligrosos, generando ansiedad, lo que “estimula” a emplear mecanismos de defensa para impedir su libre expresión. Los impulsos se pueden reprimir, proyectar, desplazar o sublimar. Disponemos de una amplia variedad de mecanismos para enfrentarnos con la ansiedad generada ante lo que el yo considera una amenaza: los cambios.

Todos contamos con una pulsión interna que nos invita a mejorar, a crecer; una tendencia a actualizar nuestro potencial y a realizarnos en mayor medida. No obstante, con demasiada frecuencia hay algo que nos bloquea o que nos detiene obstaculizando el camino. ¿Por qué?

¿Por qué tememos nuestra propia grandeza? ¿Por qué vamos por el mundo sin utilizar más que una fracción de nuestras posibilidades? Si la naturaleza de la vida es infinita, ¿por qué el hombre, se ha encerrado hasta ver las cosas por las estrechas hendiduras de la limitante y limitada zona de confort del yo?

A través de hábitos, creencias, conductas, actitudes y roles, es posible llegar a esos mecanismos y a las potencialidades innatas que no han sido desplegadas, observar cómo se muestran esos miedos y resistencias y la forma en que podemos trabajarlos tanto en nosotros mismos como en los demás.

La excesiva cautela, el conservadurismo, el sentido del deber y de responsabilidad, así como el miedo a lo desconocido o al rechazo, pueden cercenar nuestro impulso creativo y nuestra capacidad de Ser. Las creencias –originadas a raíz de una experiencia y su resultado– representan el principio del mantenimiento y contención, que se opone a la fluidez y avidez de lo nuevo e inédito que nos permite desplegar todo nuestro potencial sin limitaciones. Las vivencias pasadas y educación recibida junto a las normas sociales, erigen y conservan las fronteras de las rutinas y automatismos; no obstante, pensar de una forma más afín a quien deseamos ser, desaprender para aprender nuevas formas de actuar con el fin de obtener mejores resultados o unos resultados que se adapten mejor a nuestras circunstancias actuales o a las que deseamos conseguir, o a nuestro bienestar, tranquilidad, realización y felicidad, que no es poco, las desafía y amenaza con derribarlas en nombre del crecimiento y desarrollo personal.

Existe una clara tendencia del yo a preservar las cosas y mantenerlas como son. Una negación absoluta al cambio, y por ende, a la evolución y al progreso. Esta resistencia innata, hace lo posible por bloquear e inhibir el movimiento que implica el crecimiento. Aquí aplicamos la homeostásis para definir la tendencia del yo a mantener el status quo.

Todos llevamos dentro el conflicto entre la necesidad de seguridad (de mantener lo que ya conocemos) y la necesidad de crecimiento y cambio (lograr lo que deseamos). Como somos humanos, e hijos del hábito, no nos gusta perder aquellas cosas con las que hemos vinculado nuestro sentimiento de identidad.

Cuando nos mostramos reticentes a adoptar nuevos modelos de conducta o actitud, impedimos que nuestra creatividad exista, rechazando y censurando cualquier impulso o idea que implique salir de los viejos esquemas en el mejor de los casos. Y en otros, un cambio importante en la vida.

Psicológicamente, cualquier tesitura que imponga un cambio, se verá como una amenaza, por lo que instintivamente se desplegaran los diversos mecanismos de defensa que el individuo haya desarrollado para preservar “aquello con lo que el yo se identifica”, permitiéndole continuar actuando y pensando del mismo modo, por mucho sufrimiento que cause al individuo, negándose a sí mismo la posibilidad de ser más y mejor; frenando su avance, expansión, capacidad, creatividad y en definitiva, felicidad, pues la única constante en la vida es el cambio, y la negación a ello, no solo es fuente de frustración, sino de amargura, tristeza, apatía, ansiedad… Que llevan a encerrar a la persona en un círculo vicioso de experiencias repetitivas, pensamientos limitantes y emociones negativas condenando su salud mental e incluso física, su presente y futuro, por miedo.

Es posible enfocar el proceso de cambios sin estar a la defensiva, de una forma más sana y equilibrada, pues nuestras experiencias, lo que hemos aprendido a través de nosotros mismos y los demás; de nuestra propia historia personal y familiar, es positivo en tanto se realice la labor de crear un sistema de valores, propósitos y objetivos que contengan un significado y sentido profundo para la persona dotándola de su propia base y estructura.

En los años cincuenta, el psicólogo humanista Abraham Maslow, se propuso contemplar la psicología de las personas felices y realizadas. Hasta entonces, la psicología estaba haciéndose una idea bastante completa de cómo eran los enfermos y los neuróticos, pero en realidad no entendía qué era lo que hacía de alguien una persona sana, ni cómo era una persona realizada. Los resultados de su investigación dieron lugar a lo que hoy se conoce como “la jerarquía de las necesidades”. Según Maslow, las necesidades humanas se disponen en diferentes niveles: en el primer nivel están las puramente fisiológicas, es decir, las relacionadas con la supervivencia, como son la alimentación, respiración, sueño y satisfacción sexual. Al pasar al segundo nivel de la pirámide, lo que predominan son las necesidades de orden material, como la seguridad económica y la estabilidad laboral. El tercer nivel está compuesto por las necesidades de amor, afecto, pertenencia familiar, contacto físico, amistad… El cuarto nivel abarca la necesidad de autoestima, competencia y reconocimiento. Y, finalmente, en el quinto nivel, encontramos las metanecesidades o necesidades de orden superior, como la necesidad de autorrealización, la búsqueda de la verdad, la creación de belleza y el deseo de justicia.

El nivel en que uno se encuentre variará de acuerdo con la edad y las circunstancias del entorno, pues es obvio que a un niño le preocuparán generalmente los niveles primarios y a una persona que carece de recursos no le interesará demasiado la búsqueda de la sabiduría.

Maslow postulaba que si uno consigue realizarse en un nivel de la pirámide, querrá naturalmente moverse hacia los otros niveles. Pero la conclusión que podemos sacar de la obra de Maslow, es que la avidez de autorrealización y de alcanzar la vivencia espiritual son parte innata de nuestra estructura, al igual que la alimentación, la higiene o el descanso.

No obstante, según éste, no solo tememos y reprimimos nuestras posibilidades inferiores y nos defendemos de ellas, sino que también tememos y reprimimos las más elevadas, denominándolo “complejo de Jonás”; el miedo a la propia grandeza, la huida de todo cuanto podríamos ser.

El yo requiere de su propia base y estructura; sistema de creencias y valores. Y al mismo tiempo, que dicha estructura se identifique realmente con quienes somos y deseamos ser a través del autoconocimiento y autoreflexión sobre comportamientos, pensamientos y actitudes siendo lo suficientemente flexible y adaptable para permitir el crecimiento sin necesidad de contemplarlo como una amenaza y por ende, empleando mecanismos de defensa. Necesitamos el impulso de crecer de igual modo que un sistema de creencias, y ello supone un trabajo personal e intransferible como individuos únicos que somos que nos lleve a desarrollarnos y desplegar nuestro potencial convirtiéndonos en personas sanas y felices; completas.

 

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