Mecanismos de defensa

 

En ocasiones nos cubrimos muy fuerte los oídos para no escuchar una verdad que intuimos dolorosa. El problema es que esto se convierte en algo real y acabamos tapándonos “los oídos del alma”.

 

Los mecanismos de defensa nos protegen de la verdad.

La verdad amenaza y atenta contra el ego transformando el concepto que teníamos de nosotros mismos, de una persona, situación, circunstancia, hecho…  No resulta agradable aceptar las imperfecciones humanas, cuanto se detesta en uno mismo e incluso reconocerlo frente al espejo.

Los mecanismos de defensa forman parte de una reacción instintiva ante una realidad que percibimos como amenazante y que debe reconocerse y aceptarse con el fin de crear una pauta sana que sea realmente útil, eficiente y constructiva en ese juego de acción/reacción que despliegan y que al mismo tiempo puede modificar la percepción, distorsionándola o enmascarándola. Estos mecanismos suelen “activarse” de un modo inconsciente, pero si les prestamos atención y observamos y analizamos de forma objetiva, sin emitir juicios o críticas, lograremos no solo identificarlos, sino dilucidar aquello que los detona percibiendo las “señales de aviso” que se disparan en nuestro organismo. No obstante, los mecanismos de defensa no se manifiestan de igual modo en todas las personas, pues están hechos a medida, aunque existen patrones similares. El inconveniente de los mismos reside en la inutilidad o ineficacia de la mayoría, y en que estos se repiten de una forma bajo la que aparentemente se carece de control influyendo tanto en nuestra libertad de acción y decisión como en nuestras relaciones.

Disponemos de una amplia variedad de mecanismos para enfrentarnos con la ansiedad generada ante lo que el yo considera una amenaza: los cambios. Entre los mecanismos de defensa se halla la identificación, el aislamiento, la represión, y los más frecuentes: la proyección, la negación y la desconexión.

Proyección

La proyección se basa en atribuir a otro cuanto nos negamos a ver en nosotros. Una distorsión de la realidad en beneficio propio. Si no se observa sin juzgar cuanto sucede en nuestro interior, no será posible reconocer ni aceptar la verdad para trabajar en ella convirtiéndonos en esclavos de este mecanismo, abocándonos a revivir las mismas situaciones constantemente.

Curiosamente, aquello que detestamos de nosotros, lo vemos nitidamente en el otro, convirtiéndonos en severos jueces sin ápice de empatía y comprensión. Cuanto más proyectemos hacia fuera, más ciegos nos volvemos y más nos encadenamos al ego perdiendo libertad de acción y elección. En cambio, si poco a poco, vamos recuperando y rescatando todas las flechas que lanzamos hacia fuera, iremos ganando en confianza, autenticidad, honestidad y consciencia.

Imagina que tu pareja es una persona insegura que teme al compromiso. Lejos de asumir esa realidad, empieza a castigarte asegurándote que no le pones las cosas fáciles, que siempre estás dándole muestras de desconfianza y haciéndole daño. Aquí la verdad no está en ti, está en él/ella. Sin embargo, para no afrontar su falta de autoestima y confianza personal, dispara y proyecta sus emociones, porque de ese modo consigue ignorar su inseguridad, liberarse de la responsabilidad interna depositándola en el exterior y conquistando una falsa situación de poder. “La culpa no es mía. Yo no tengo el problema, lo tienen los demás”. La proyección puede recaer sobre un individuo, un grupo o colectivo e incluso género. Al eludir la propia responsabilidad, el individuo logra distorsionar su realidad de tal modo que llega a creerla.

Negación 

La proyección está íntimamente ligada a la negación. Mediante la negación ocultamos lo que no queremos ver. El ego trata de sobrevivir a toda costa y hará lo posible por eliminar el peligro, sin importar las consecuencias. Las sensaciones físicas que lleva aparejada son la angustia, sin causa o motivo aparente, e incluso el estrés.

“No puede ser verdad”. “Esto no me ha podido ocurrir a mí”. “No puede ser cierto”. “Se han equivocado”. “Cuando llegue a casa, me dirán que no sucedió”.

La negación suele ser una fase propia del proceso de duelo. Ya sea por una ruptura sentimental, por la muerte de un ser querido o por un cambio drástico y definitivo en la vida. A través de la negación el individuo se protege de la angustia y el dolor propio de la pérdida. Pero la muerte es una ley vital, al igual que los cambios, y solo aceptando su inevitabilidad podremos avanzar.

La desconexión

En este caso la protección se basa en no sentir para no sufrir, en “bloquear” el corazón para protegerlo de nuevos fracasos, decepciones y heridas que no terminan de cicatrizar. Ahora bien, este mecanismo lo que realmente va a conseguir es alejarnos de una participación activa y saludable en la vida, sobreviviendo o existiendo en lugar de vivir.

El cariño, la ilusión, la ternura, el afecto, la comprensión o la pasión nos conectan e inyectan un torrente de dinámicas estimulándonos, revitalizándonos y tornándonos más energéticos, optimistas o creativos que nunca. Y no amar por temor a sufrir es como no vivir por temor a morir.

Las emociones negativas permiten que el ser humano se adapte, aprenda y avance a lo largo de su ciclo vital evolucionando. El miedo o la angustia son mecanismos de supervivencia, señales de alarma que debemos saber interpretar para poder traducirlas en respuestas que garanticen nuestra integridad.

La neurociencia nos planea la realidad actual que experimenta el hombre y esta se sustenta en un pesado pilar de miedo. Pese a carecer de depredadores externos o de peligros físicos concretos, el temor de este mundo avanzado es mucho más profundo y laberíntico. Los temores internos, esos demonios personales que nos paralizan, que nos quitan el aire, declaran incapaz al ser humano que opta por una desconexión emocional como válvula de escape en lugar de gestionar su mundo emocional de una forma constructiva y eficiente.

Un pasado afectivo repleto de pérdidas, abandono y decepciones puede llevar al individuo a reducir el grado de compromiso emocional a la mínima expresión con objeto de evitar el sufrimiento o experimentar nuevas desilusiones o desengaños. En este caso, se crea una compleja disociación entre pensamientos y emociones hasta el punto de “intelectualizar” cualquier hecho. Sustentando su aislamiento emocional con razonamientos. “Estoy mejor solo. El amor es una pérdida de tiempo. Una relación frenaría mi futuro profesional o los proyectos que tengo en mente”.

Además de levantar un muro con la vida, y los demás, la persona se hunde en el mismo vacío emocional del que tanto desea protegerse. Si amar es sinónimo de sufrir, cerrar las puertas al amor supone trasladar el mismo sufrimiento a todos los ámbitos de la vida, como un virus implacable que avanza despacio conquistando múltiples territorios, ya que deja de registrarse internamente el cariño y el afecto como algo significativo emergiendo la sibilina frustración, la afilada amargura y ese malestar emocional que tarde o temprano se traducirá en dolor físico, insomnio, enfermedad, depresión…

Vivir conectado a nuestras emociones es un salvavidas.

Atender, entender y gestionar nuestro mundo emocional sí es una garantía de vida. No existe ningún mecanismo de defensa que pueda protegernos del dolor emocional que conlleva una ruptura, una pérdida, una traición o un abandono. El resentimiento, la rabia, la ira y el rencor, no nos protegen de nada. Entonces, ¿por qué anclarnos a ellos? Ignorar las emociones negativas, tampoco surtirá efecto, pues las emociones precisan la misma atención que damos a una dieta rica y saludable, pues estas nos permiten “funcionar”.

El dolor nos aporta profundidad como seres humanos, humildad, compasión, empatía y respeto. Incluso el miedo tiene un propósito y da forma a lo que la ciencia define como “impulso homeostático”. El ser humano está diseñado para actuar, no para aislarse en una vida de insatisfacción. Cuando nuestro equilibrio interior se ve perturbado, una opción saludable es aunar energías, ser creativos y valientes y emprender el camino hacia esa plenitud emocional aceptando e integrando los distintos procesos que forman parte de la vida.

Somos un cúmulo de fabulosas emociones que nos guían permitiéndonos conectar los unos con los otros, aprender, llorar, reír y avanzar.

Vivir en la ignorancia es un castigo, pues lo que negamos nos somete y la vida nunca hará oídos sordos al ruido de nuestras cadenas, poniéndonos una y otra vez aquellas situaciones que tanto nos limitan y evitamos para poder afrontarlas, aceptarlas, integrarlas, crecer y ser libres.

Permitámonos “sentir” para conectar con nosotros mismos y con quienes nos rodean. Cuidemos y cultivemos nuestro mundo emocional, ya que sin él, meramente existiríamos.

 

*Imagen, Amor de Alexander Milov, una maravillosa obra que representa el conflicto externo entre un hombre y una mujer que se dan la espalda y, en un plano más profundo, la expresión interior de la naturaleza humana; el niño interior que solo desea acercarse y amar. El alambre que forja los cuerpos de los adultos contrasta con el brillo que irradian las figuras iluminadas de los niños al caer la noche, fijando la atención en lo único que es capaz de unir a dos personas en medio de la oscuridad, por encima de creencias, mitos culturales, sociales, familiares e incluso personales: la verdad.

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