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Heridas y cicatrices

 

Una cicatriz siempre se enfoca desde un punto de vista negativo. Representa dolor, sufrimiento…, nos recuerda la herida y esa huella que dejó en nosotros. Vemos las cicatrices ajenas como las propias, desde una visión amarga que nos provoca rechazo y, por ello, preferimos ocultarlas (en nosotros) o no verlas (en los demás).

En nuestra infancia fueron orgullosas heridas de guerra que mostrábamos a los demás sin pudor y admirábamos en el otro, ya que representaban la valentía, la fuerza y el coraje de un guerrero; un héroe. Hoy, la sociedad las bloquea y condena a través de la estética, las redes sociales e incluso de la psicología.

Pero ¿qué es una cicatriz? Es la señal que queda tras una herida CURADA, el sentimiento que nos recuerda “aquel dolor sufrido y padecido” y que llevó aparejada una lección APRENDIDA.

Cada herida es un aprendizaje. Cada cicatriz, una lección aprendida.

Si logramos ver la oportunidad de evolución y crecimientos en cada herida, en cada golpe con que nos azota la vida, la herida dará paso a la cicatriz. Y esa cicatriz, a base de ser aceptada e integrada en nuestro ser, se difuminará con el paso del tiempo y puede, según nuestra capacidad de fluir, (la elasticidad de nuestra piel) de perdonar y perdonarnos, que desaparezca por completo. Todo depende de cómo queramos verlo.

En la mayoría de las ocasiones somos nosotros mismos quienes nos herimos, de hecho, solemos tratar mal a quien mejor nos trata o hacer “pagar platos rotos” a quien menos lo merece. Así funcionamos y actuamos cuando buscamos víctimas y verdugos; culpables. Sin embargo, cuando adquirimos consciencia, empezamos a responsabilizarnos, a asumir y aceptar; a integrar. Porque cuando logramos entender, sanamos.

El amor habita exclusivamente en el presente. Y quien no manifiesta amor en el presente, no tiene amor que dar. La experiencia “nos hace” invitándonos a compartir, a comunicarnos, “a conectar”. La experiencia es ese proceso que parece “negarse o esconderse”. Esa parte de la vida, de la historia, de la realidad… Parece que avancemos hacia la irrealidad escondiendo los zapatos sucios, la camisa sin planchar o el descosido del pantalón: las cicatrices y las heridas. La experiencia que implica vivir. Y no hay mayor secreto para la pulcritud que hacer visibles los rincones, o como diría Ben Clark: para un aspecto limpio. Y sano.

Sanar una herida, como todo, requiere VOLUNTAD.

Ser conscientes de nuestro malestar y no disfrazarlo es el primer paso, pues cuanto más tiempo pasa, más negligentes somos. Curiosamente, cuando esto no sucede, atraemos situaciones y personas que activan nuestro dolor como sal en la herida en un intento de centrar la atención en ella y proporcionarle el cuidado y atención que requiere con ese “escuece, pero cura”, aunque en la mayoría de los casos se opta por echar mano de una máscara como paliativo. Entonces, ¿cómo lo hacemos?

Acepta la herida como algo tuyo y que forma parte de ti

Aceptar una herida significa reconocer que su existencia forma parte de la experiencia de vivir.

Negarla no te protegerá de nada. No somos mejores o peores porque algo o alguien nos hiriera. Aceptar nuestras heridas implica aceptarnos y no cerrar el corazón o bloquear nuestras emociones o acciones para no sufrir, pues si lo hacemos, la bonita experiencia que implica vivir, amar y ser amados, se quedará en un mero existir o sobrevivir.

Relacionarnos forma para de la vida. Y para conjugar el verbo vivir en todo su esplendor es necesario tener y mantener un diálogo verdadero, real, con uno mismo y con los demás; sin máscaras.

 

“Cuando existe un diálogo verdadero, se avanza hasta lograr el equilibrio. La tranquilidad aumenta, se refuerzan los lazos, crece el amor y se acortan las distancias con uno mismo. Lo que supone tener la conciencia tranquila, el alma limpia y el corazón abierto”.

De la novela, ¿Dónde está el hombre de mi vida?

 

La voluntad y la decisión de sobreponernos a determinadas experiencias vitales nos regala paciencia, comprensión, compasión y respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás, alimentando nuestro bienestar emocional, psicológico y espiritual.

A veces no somos conscientes de las expectativas que ponemos en otros, esperando que sean estos quienes cubran ciertas necesidades o llenen aquellas áreas donde nos sentimos vacíos o desnutridos supliendo nuestras carencias, lo cual condena nuestras relaciones a la dependencia generando, a la larga, apegos, manipulación, desilusiones, desengaños y frustraciones, pues nadie podrá darte lo que tú mismo no eres capaz de darte y, por ende, tampoco de dar.

Concédete permiso para canalizar tus emociones negativas

Es tan normal como humano que se generen emociones negativas tales como el resentimiento, el rechazo, la ira o la rabia tras una traición, injusticia, engaño… Date permiso para enfadarte y cuando lo hagas, identifica esas emociones y el malestar que causan en ti, y en tu día a día, el peso que suponen, lo mucho que te limitan…

Cultiva el perdón; la intención de perdonar y perdonarte

Perdónate a ti mismo y perdona cultivando la intención, pues el perdón no es algo que se logre de un día para otro y no surtirá efecto si realmente no es sincero. (Se recomienda la lectura del artículo El perdón, que trata las distintas fases del mismo e incluye una meditación guiada, en el apartado Mundo emocional).

No estar dispuesto a perdonar es arañar tus heridas de forma constante, apegándote al rencor, la ira o la culpa, como si estos pudieran protegerte, cuando en realidad, te aíslan, bloquean y separan de ti mismo y de los demás.

Perdonar no implica estar de acuerdo con el hecho o circunstancia en sí. Perdonar implica liberarnos del sufrimiento y el dolor que esos hechos supusieron en nosotros o en otros.

 Ninguna transformación es posible sin aceptación

Las heridas son como pequeños maestros que nos enseñan algo sobre nosotros mismos, pero el ego suele alzar una barrera de protección bastante eficaz para ocultarlas en su afán de tomar el camino más fácil, cuando realmente lo que logra es complicarnos la vida con ese “pan para hoy y hambre para mañana”. Es la coherencia entre nuestros pensamientos, emociones, reflexiones y actuaciones lo que la simplifica, aunque nos parezca demasiado complejo por el esfuerzo y dedicación que requiere inicialmente.

Tratar de ocultar, negar o esconder la herida, nos lleva a portar máscaras. Es como aplicar maquillaje sobre la misma logrando que esta se infecte, pues, entre otras cosas, dejamos de ser nosotros mismos. Y no hay mayor traición que traicionarse a uno mismo. (Se recomienda la lectura del artículo Traicionar-se, en el apartado Desprogramación mental).

Observa sin emitir juicios y de una forma objetiva cómo te has apegado a esa herida

Lo idóneo es deshacernos de estas máscaras cuanto antes, sin juzgarnos ni criticarnos, pues esta labor nos permite identificar cómo debemos tratar nuestras heridas para sanarlas al dejar libre nuestro propio instinto, intuición o Ser.

Es posible cambiar de máscara en un mismo día o llevar la misma durante meses e incluso años. Lo idóneo es que seas capaz de mantener ese diálogo verdadero contigo mismo en el que admites haber utilizado una máscara para esconder el dolor y la razón que lo propició. En ese momento, sabrás y sentirás que estás en el camino y que en el resto de tu viaje, tu guía será la plenitud que te otorga ser y sentirte bien sin ocultarte.

Que el dolor no sea quien hable o guíe tus pasos. Que seas tú quien lo haga, genuina y auténticamente tú: con tu niño o tu niña interior dispuesto siempre a jugar, a corretear por el vasto jardín de la vida persiguiendo libélulas. Y que el adulto que hoy eres asuma e integre que sus cicatrices son las medallas que ilustran las lecciones que le enseñaron sus guerras.

¡Feliz vida!

Imagen: Sawabona, Shikoba

El bello comportamiento de esta tribu nos muestra la importancia de educar en el valor del respeto, el cariño y la comprensión. Este pueblo considera que el anhelo de sentirnos seres especiales a veces nos lleva a fallar en nuestro comportamiento. Por lo que se reúnen para reconectarse con su verdadera naturaleza, recordando quiénes son en realidad dándole la mano de nuevo a su verdad. Todos repiten “Sawabona” que significa “yo te respeto, te valoro y eres importante para mí” y la persona responde “Shikoba”, que quiere decir “entonces yo soy bueno y existo para ti”. Este acto de reconocimiento reconstruye el interior malherido del individuo sintiéndose querido y valorado.

Todos, sin excepción, necesitamos que nuestro entorno nos recuerde que somos seres maravillosos y que conservamos la capacidad de rectificar, de empezar de nuevo y enmendar nuestros errores. No lo olvides. También requerimos de un otro para Ser. 

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