Enfadar-se

 

La paciencia es la virtud de los corazones tranquilos y la mente equilibrada.

En nuestra sociedad, se confunde con frecuencia ser paciente con ser débil o cobarde. Guardar silencio y aplacar el enfado requiere de una gran dosis de autoconocimiento y control sobre uno mismo que se alcanza tras entender la verdadera responsabilidad a través de la prudencia.

Los entornos exigentes, impositivos y demandantes que tanto abundan en la actualidad, pueden poner a prueba la capacidad de aguante, por ello es sumamente importante aprender a gestionar las emociones negativas para que estas no tomen el control de nuestra vida a través de la rabia, el rencor y la frustración.

La ira se manifiesta en nuestro cerebro a través de un sutil desequilibrio entre la serotonina, la dopamina y el óxido nitroso. Cuando dicha química neuronal se activa, produce múltiples cambios fisiológicos que van a incrementar aún más las emociones negativas a medida que se van despertando recuerdos y vivencias almacenadas en la psique. Es como si “el otro”, “un hecho concreto” o “una simple palabra” se convirtiera en el temido botón rojo que dispara todas las alarmas. El enfado no se puede esconder ni debe derivar en un ataque de rabia. Hay que desmenuzarlo, entenderlo y canalizarlo de forma adecuada para que no asfixie ni bloquee, para que no hiera ni busque víctimas sobre las que proyectarse, en definitiva, para que no sea destructivo sino constructivo.

Cuando se hace referencia a la ira o al enfado, viene a la mente la imagen de un niño con los mofletes hinchados a punto de gritar o berrear sin parar. Las rabietas infantiles son, sin lugar a dudas, algo que no se debe obviar, ya que de lo contrario, el niño no aprenderá a canalizar sus emociones repitiendo tales comportamientos en la edad adulta.

El silencio (sano) y la paciencia, suelen asociarse erráticamente a la pasividad, a quien no es capaz de reaccionar o incluso tildarse a esa persona como fría o insensible. Sin embargo, ambos relajan la mente permitiendo actuar con mayor aplomo, acierto y templanza, llevando a la persona a una gestión correcta de sus propias emociones y por ende, a la madurez emocional.

Al desconocer el modo de proceder frente a una emoción negativa como el enojo, la persona se deja llevar por la ira, alzándose en combate sin pensarlo, no siendo consciente de las consecuencias hasta que la evidente destrucción se hace manifiesta en el campo de batalla, generando un sentimiento de tristeza que puede acompañarla durante largo tiempo. En cambio, si el individuo se “traga” el enfado, este se convierte en frustración.

Permitir que un enfado se desboque, no es sano. “Tragarse” dichas emociones, tampoco es una opción saludable.

Todos experimentamos injusticias, escuchamos palabras necias y comentarios tan dañinos como ofensivos. Pero antes de permitir que nuestro enojo actúe como la mecha que enciende el fuego de la explosiva rabia, es necesario reflexionar, hacer una pausa y calmarse, enfocando esta energía de forma correcta para que tome un cauce constructivo. Pero ¿cómo? Ahí van una serie de recomendaciones para gestionar y reconducir el enfado:

-Activa la prudencia. Guarda silencio. No contestes, no entres en guerras ni polémicas, aléjate del campo de batalla si es posible.

-Trata de serenarte, busca la calma, acude a tu “rincón de pensar”. Ese espacio, lejos de cualquier emoción negativa, que solo te pertenece a ti.

-Apaga el ruido mental y los pensamientos irracionales. No busques culpables ni víctimas.

-Mitiga cualquier imagen o escena, no persigas ni desarrolles ideas que impliquen venganza ni acudas al pasado para obtener argumentos que avalen y acrecienten tu malestar.

-Pon nombre a lo que te molesta. No lo dejes en sensaciones, en esa incomodidad que palpita en tu estómago o atenaza tu mente. Describe con palabras concretas qué es lo que te ha irritado.

-Reflexiona en el motivo para que “eso” te haya sentado mal y en si lo que te molesta del otro está en ti. De esta forma no solo “te conoces” sino que cuentas con la oportunidad de aprender, crecer y mejorar a través de una autocrítica sana y constructiva. Recuerda que nadie tiene el poder de “hacerte enfadar u ofenderte”, eres tú quien da cabida al enfado o a la ofensa, aclárate a ti mismo por qué ha sido así.

-Analiza el continente y el contenido, tal vez las formas no fueron las correctas, pero cuando algo se intensifica en nosotros, ha tocado una parte de nuestro inconsciente para hacerse consciente. Aprovecha la oportunidad para hacerlo consciente.

-Abandona tu “rincón de pensar” y el silencio. Una vez hecho este trabajo permanecer en silencio se convierte en un arma de doble filo, pues existe un silencio hiriente y manipulador que lo que pretende es “castigar” al otro. Es importante medir bien los tiempos, de lo contrario puedes activar inconscientemente tus mecanismos de defensa, como encaramarte en una torre de marfil a la que no permites acceder a nadie, puesto que nadie está a la altura de lo que tú estás dispuesto a compartir y en caso de ser así: “que asciendan hasta la torre para demostrar su interés”, etc.

-Manifiesta de forma asertiva la razón de tu enojo. Los enfados se expresan en forma de palabras respetuosas para evidenciar con claridad lo que nos hiere, lo que no queremos. Muchas veces caemos en el comportamiento infantil de pretender que “el otro”, automática e intuitivamente, nos dé lo que necesitamos sin pedirlo, curiosamente lo que un bebé aguarda de su madre, pues de niños esperábamos que cuando algo nos hacía sufrir, mamá supiera cómo remediarlo y se diera cuenta de nuestra incomodidad. Y si ella no podía calmar nuestro dolor, nos sentíamos traicionados y nos enfadábamos y endurecíamos de una forma increíble con ella. Muchos “adultos” repiten este comportamiento sin cesar.

Algo tan sencillo como caminar, respirar hondo o buscar un punto visual en el horizonte donde descansar la mente, es suficiente para sortear los alfileres que hallamos en el camino y que muchas veces, nosotros mismos, nos clavamos inconscientemente a fin de hacernos conscientes. Es importante adquirir pautas que nos ayuden y convertirlas en hábitos para gozar de una buena salud emocional y mental con objeto de alzarnos al mundo en paz, sosegados, conociendo nuestros límites y sabiendo que habrá momentos malos, pero que estos nos permitirán conocernos mejor, aprender, crecer, evolucionar y adquirir una mayor conciencia para disfrutar “más y mejor” de los momentos buenos, de las relaciones y de la vida.

 

*Imagen, Desde la montaña.

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