El odio, la rabia, la ira y la cólera forman el rencor. Cuando esas emociones de dolor se ocultan y no se expresan, cuando se reprimen por ser “mal vistas”, provocar rechazo en otros, desaprobación y falta de aceptación, se acumulan y aumentan su intensidad dando lugar al rencor. Provienen de nuestra infancia, cuando teníamos que callarnos, no llorar, no expresar aquello que es considerado “malo”, socialmente “mal visto”, o que no convenía a nuestros progenitores, profesores, educadores…
Cuando crecemos ese dolor oculto se expresa en nuestros vínculos de forma inconsciente continuamente. Necesita ser expresado, liberado y puesto en luz, así que reproducimos las mismas situaciones de dolor una y otra vez, sintiendo cómo nos llenan de rabia, de ira, de injusticia y queremos sacarlo, liberarlo, pero no sabemos cómo. ¿Cómo expresar dolor sin herir a otros? ¿Cómo equilibrar lo desequilibrado sin generar nuevos desequilibrios, sin que la venganza, la envidia o la codicia formen parte del juego?
El reconocimiento es la clave. Reconocer para ver, para poner en luz, para tomar consciencia.
El cuerpo mental, acostumbrado a pensar de una determinada forma, con una creencia basada en el rechazo, la represión, la desaprobación y la experiencia infantil, alimenta esa rabia que desciende hasta el cuerpo emocional que pasa a intoxicarse hasta llegar al cuerpo físico y “nos hacemos mala sangre”. Eso afecta a nuestro equilibrio mental, emocional y físico, cuando ha descendido hasta dicho nivel, experimentamos dolencias y enfermedades, cuya raíz no es otra que esa rabia soterrada. Pasamos a sentir ese odio por nuestra pareja, vecinos, amigos, hermanos, jefe, compañeros de trabajo: reproducimos y reafirmamos para tomar consciencia. Y cuando no lo hacemos, el apego a ese dolor nos genera sufrimiento hasta que alcanzamos un punto límite y nos sentimos agotados, cansados de lo mismo. ¿Por qué siempre acabamos en el mismo rol, interpretando el mismo papel? ¿Para qué tanta rabia? ¿Qué sentido tiene el odio? ¿De dónde sale tanto dolor?
Los padres y entorno que escogimos como Alma al encarnar son el resultado de vidas anteriores, de desequilibrios generados, de aprendizajes y karma. No es culpa de otros, es nuestra responsabilidad y si no lo reconocemos y aceptamos, no podremos cerrar ese ciclo y evolucionar, pues quedaremos atrapados por ese inconsciente, repitiendo una y otra vez las dinámicas infantiles.
Puede que nos sintiéramos protegidos o a salvo permaneciendo en silencio, escondiéndonos o no siendo vistos, de ese modo, nadie podía decirnos nada, hacernos daño, herirnos. Si repetimos esto de adultos, perderemos la voz, tendremos miedo a expresarnos, a decir cómo nos sentimos, a poner límites y por ende, no nos respetaremos ni amaremos. Tal vez, en una vida anterior usamos nuestra voz para herir a otros, abusamos de nuestra posición y en esta vida era necesario estar en el otro lado para equilibrar. Si reconocemos nuestro pánico a expresar lo que sentimos, podremos acceder a la raíz llevando luz y aceptando.
Creemos ilusamente que es más fácil, más sencillo, poner un tupido velo o arrojar la responsabilidad al afuera, a la mala suerte, y convertirnos en víctimas, un papel nada favorecedor que nos invalida ante nuestra propia vida e impide nuestra evolución, cuando lo fácil es llevar la mirada hacia dentro y hallar en nosotros mismos lo que tanto proyectamos.
¿Siento que otros me fallan continuamente o me traicionan? Vamos a llevar esta cuestión internamente. ¿Me he fallado y traicionando a mí mismo? ¿No he actuado en base a lo que siento? ¿He hecho algo buscando aprobación y aceptación? Si es así, qué no apruebo o acepto de mí.
Profundicemos con otro ejemplo: “Odio a X persona, me ha hecho daño, porque me ha mentido”. Cambiemos la mirada: me odio a mí mismo, me he causado dolor porque me engaño. ¿En qué me estoy mintiendo, qué no quiero ver de mí y me está causando dolor?. Lo que veo en X está en mí, eso es lo que no quiero ver, lo que me está haciendo daño. Es de gran ayuda escribir, volcar en el papel todo lo que vemos tan claramente en X y nos causa malestar y después, buscarlo en nosotros. Si realmente las actitudes o atributos que proyectamos en X no están en nosotros, no nos afectarían y permaneceríamos neutros ante sus mentiras, a fin de cuentas, X se miente a sí mismo y es asunto de X, ya que su autoengaño generará unos desequilibrios que más pronto que tarde tendrá que afrontar y como Alma que es X está en su proceso, nosotros en el nuestro, y no sabemos qué necesita el Alma de X en su evolución. Este punto de neutralidad no llega con un análisis mental, como lo que he descrito aquí, se sabe, se siente internamente mediante una Paz indescriptible que no desequilibra el plano mental, emocional ni físico al provenir del Espíritu/Alma. Cuando proviene de niveles inferiores (Mental, emocional y/o físico, del ego) la mente se agita, comienza a elaborar argumentos repletos de desprecio, el emocional se altera, nos sentimos mal, y el cuerpo físico se afecta con un ataque de nervios, de ansiedad, de pánico… No hay Paz, y una vibración densa y pesada se apodera de nosotros, vibramos bajo y atraemos todo aquello que vibra afín, de manera que ese malestar va en aumento.
Veamos otro ejemplo. En mi mundo exterior se manifiesta una “estafa”, contrato un servicio, lo abono y no lo recibo. Al volcar la mirada hacia dentro he de localizar mi intención, cual era mi intención al contratar ese servicio, qué me movió a ello. Ahí está la clave. Si llego hasta ahí, podré resolverlo en el nuevo nivel y todo se dará en equilibrio y armonía: recibiré el servicio o lo abonado. Pero si permanezco en el mismo nivel tratando de resolverlo, lo que voy a obtener es más desgaste y “más pérdidas”.
Cuando señalas a otro con un dedo, si te fijas, en ese gesto, tres dedos apuntan hacia ti, así que la observación es esencial y cada vez que algo o alguien cause un malestar en tus cuerpos materiales (físico, astral-emocional y mental) es conveniente pararse y observarse, qué provoca en ti, qué se está moviendo en ti y profundizar en ello. Si no lo hacemos, esa sombra tomará el control y nos arrastrará con ella, reaccionaremos en lugar de actuar libremente, y tendremos que asumir las consecuencias de ello, ya que en el Universo todo es equilibrio, al igual que toda energía es neutra. Así que cuando direccionamos la energía, estamos generando un desequilibrio y por ende, teniendo que vivir la polaridad contraria para que pueda ser equilibrada, es por ello que Libra está representado simbólicamente por una balanza y regenta la Casa VII, cuanto proyectamos y no queremos ver: el otro, lo que creo que no soy.
Así funciona la energía, cuando algo está oculto en nosotros, inconsciente, reprimido o negado, nos posee hasta el punto de dominar nuestra vida. Cuando humanamente nos damos cuenta de la limitación de los propios cuerpos, nos entregamos a nuestro Espíritu/Alma, nuestra verdadera Esencia y llevamos luz, tomamos consciencia y vemos, ahí surge la Voluntad/Poder, el primer rayo, y cualquier conflicto puede ser resuelto al estar en un nivel superior (Espíritu/Alma) al nivel en el que se generó (Mental, astral-emocional y/o etérico-físico).
El trabajo interno requiere un firme compromiso de amarse a uno mismo, de amar el propio Ser Interno, el Espíritu y el Alma, la divinidad y es elevando cuando nos elevamos, cuando nos entregamos completamente a ello, cuando renunciamos a lo que el plano más denso nos propone en su juego para permanecer en lo mismo, en “lo conocido”.
Es como el octavo de los trabajos de Hércules; destruir a la Hidra: «Nos elevamos al arrodillarnos, conquistamos al entregarnos y ganamos al renunciar».
SIKIUK





