A pie de playa

En los bolsillos

 

Traigo los pies descalzos y piso sin miedo el calor que guardan las baldosas de la terraza al caer la tarde. Llevo la piel de una primavera alegre recitando en silencio; el calor de agosto, el gélido invierno…

Traigo el caos de Nápoles, la sensualidad de Estambul y el estrambótico orden de la Costa Este. Noches decadentes como Oporto y atardeceres con esa sensación que adorna el serpenteante trayecto a Sorrento y los cines de verano en Siena. El encanto de Cinque Terre. Y el brillo almafitano que florece discreto en mayo para tatuar en julio las coordenadas exactas…

Destilo la arena de mañanas en calma con la luz salpicando las cortinas y la cal de una ahogada noche en São Paulo con el ángel de la muerte.

Traigo una bruma que se agita mientras trazo la postal desgastada de un castillo cuyas paredes destilan el valor de travesías en barco, y a lápiz.

Traigo la ilusión, y la brisa.

Los bolsillos cargados de libertad, el insomnio de recuerdos dormidos y un despertar que señala el camino de ese misterioso lugar del que me acuerdo al pensar en futuro y en el que estás.

No sé distinguir un domingo de un martes mientras mis uñas se rompen en su desespero antes de que los días comiencen a perder luz entre el volátil espejismo que me ancla a la vida… Una vida de noches tornadas en día, mañanas sin prisa y eternas sobremesas bajo el parral… Una vida cuya única certeza anida en los brazos desnudos y las manos que sujetan sin apretar… En los garabatos de la pared. En dejar de fumar…

 

*Imagen, En los bolsillos.

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