
He desdibujado muchas escenas y rogado a ese Dios en el que firmemente creo,
que me conceda un pedacito del Edén perdido.
Regreso a las aguas cálidas de un encierro voluntario en el que,
de cuando en cuando, me ahogo en las noches de luna llena.
Dentro de mí habita un universo al que voy a beber con excesiva frecuencia.
Ahí existe la delicadeza, la inagotable ternura de una madre,
las suaves y finas caricias de los sueños; las lágrimas que solo yo conozco.
Allí nada tiene principio ni fin. Y la experiencia mundana deja de ser elixir.
La dicha de la soledad es una bendición.
Es tan sencillo y cómodo para mí… que abandonaría ahora mismo mi cuerpo…; la forma.
¿Acaso no es mejor volar? Vagar en el aire. Cabalgar en el tridente de Neptuno.
Embriagarse. Emborracharse…
Y aunque todo esté oscuro, cubierto bajo el negro manto de la noche, se ve claro y me arropa.
Cualquier melodía suena afinada, no necesito sentarme al piano para escucharla ni aprender a tocar el violín.
La Suma Sacerdotisa envuelta en sabiduría, El Colgado iluminado por el sufrimiento,
y un marte en caída que porta en el final dantesco el exquisito sabor del sacrifico que es vivir.
Aquí quiero flotar eternamente, en este mar de martirio y redención.
Es mi sino…
La deidad se sumerge, bucea en las etéreas corrientes, escapa en su propio piélago de nubes.
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