Versión 3.8

 

 

Sigo creyendo que las palabras, mezcladas de una determinada manera, también pueden salvar vidas. En Jean-Marie Roughol, Albert Espinosa, Joanne Rowling, Paterson, Kirme Uribe o Eloy Moreno; en aquellos que persiguen sus sueños.

Sigo creyendo en conjugar los verbos, en aprender.

En el arte, en la literatura; en el conocimiento. En que lo que escriba aquí, te puede ayudar a ti, o al menos, hacer pensar.

Sigo creyendo en la teoría del caos, en la paradoja de Russell, en la proporción áurea; en Dirac.

Sigo creyendo que la única constante en la vida es el cambio y que cambia quien quiere con el fin de evolucionar. Y si no, ya se encargará la vida. Y vendrá el tsunami, la tormenta o el huracán.

Sigo creyendo que es posible, y que se puede, y que para ello hace falta esfuerzo, constancia y responsabilidad.

Sigo creyendo en la forma de cortar manzanas del padre de John Berger y los cuatro años que pasó en las trincheras del oeste de Francia. En los gestos a los que nos aferramos y que Peter Handke describe con El peso del mundo. En que, a veces, somos más lo que callamos, que lo que expresamos.

Sigo creyendo que el silencio tiene un extraño y suculento poder. Que nos cuenta miles de cosas. Pero que no sirve de nada si no se convierte en una manera de escuchar, de comunicar, de sentir cuanto se oculta en las infinitas capas que gritan la verdad.

Sigo creyendo en la prudencia hecha minutos, pues me resulta el mayor gesto de honestidad.

Sigo creyendo que al miedo no se le vence ordenándole partir. Que lo único que no soporta es la luz de la conciencia que desde dentro implora el desarrollo esforzándose en disciplinar y comprender al cargar su cruz.

Que el orgullo extiende cheques imposibles de pagar que acabarán por embargar el día a día. Que el ego puede ganar muchas batallas, pero que, al final, perderá la guerra de la vida.

Sigo creyendo que la piel es de quien la eriza y que somos de quien nos acordamos al pensar en futuro.

Que el amor es lo que mueve el mundo. Lo que nos conecta y vincula de un modo atávico. Cuanto nos invita a ser “más y mejor”.

Sigo creyendo en el calor del hogar, en las buenas intenciones; en la lealtad.

Sigo creyendo en ti, y en mí. En que existen pequeños pasos, y grandes gestos. En la capacidad de dar y recibir; de educar y fomentar; de construir.

Sigo creyendo en cruzar el mar cuantas veces que sea necesario. Y me da igual dónde me lleve, aunque sea al mismo lugar.

Sigo creyendo que hay que quitarle hierro a las cosas y vivir con intensidad. Porque estamos de paso y no sabemos en qué momento nuestro viaje, o el de otros, puede acabar.

Sigo creyendo en Karl Dönitz, y en los submarinos. En el kirigami y el origami; en los barcos de papel. En la luz de las farolas. En el tubo de rayos catódicos y su cañón de electrones…, en Tritón y el cinturón de Kuiper…

No olvido el silencio de Europa, ni la fotografía de Santi Palacios que se convirtió en viral.

Sigo creyendo en jóvenes como el canario Adrián Rodríguez, que colabora con la Agencia Espacial. En la mujer de Gabo mientras él se hundía en Cien años de soledad. En la pluma que Denys regala a Karen para que escriba cuentos desde África. En la polilla que se traga Alfred mientras Sand ríe a pleno pulmón. En el grito de Policarpa Salavarrieta. En ser tu mejor versión.

Sigo creyendo que las ruinas son el camino a la transformación; al futuro. Que todo se ve distinto después de la lluvia y que los pasos en falso también forman parte del baile, nos guste o no.

Sigo creyendo en el Faro del Cabo Polonio y el mar de ardora. En las bandadas de gorriones que llevo en las muñecas. En Albert Camus. En Freud, Jung, y en la astrología; en las sizigias.

Sigo creyendo en el rayo verde, y en la obra de Verne. En que existe “ese alguien” que caminará junto a mí.

Sigo creyendo que las huellas de la experiencia son excepcionalmente bellas, como las de los árboles, cuya herida mortal narra en la circunferencia de su cepa todo el dolor y sufrimiento, la lucha y la enfermedad, la deshidratación y la prosperidad, los ataques superados y las tormentas sobrevenidas; en mis padres, en su legado, y en el latir apasionado de unas manos que renacen por aquello en lo que creen. En ese hygge, que diría un danés.

Sigo creyendo que pertenezco a la emoción de lo que me es ajeno, a las letras que exhalo, a los versos que serpentean en mi interior. Que seguiré siendo amante del sol y esclava de la luna en un eterno juego de luces y sombras, de contrastes que arden o brillan, según el día, el momento y la ocasión.

Sigo creyendo que nada empieza donde parece hacerlo y todo viene de otro lugar; en los pellizcos.

Que algunas cosas no ganan al ser simplificadas, pues son demasiado grandes, demasiado auténticas para esconderlas en un lugar sin vistas.

Sigo creyendo en la voluntad del hombre iluminada por la inteligencia; en los valores.

En que es posible ese “todo” que busca el equilibrio. En los taludes de rosas; en el azul añil. En la ilusión y la purpurina. En hacer el amor follando. En la risa. En la mujer-mujer y el hombre-hombre. En sentir.

Que el miedo me seguirá invitando a ser valiente y el amor, más fuerte.

Sigo creyendo que siempre llevaré en los bolsillos este vals, por muchos años que cumpla, por mucho que me cuente el mun

do en su girar.

Imagen, Versión 3.8

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