Necesidad versus deseo

Curva Caletillas

 

Seguir adelante sin haber resuelto nuestros nudos emocionales y heridas vitales no es “seguir adelante”, pues nos lleva a la repetición; a reproducir aquello tantas veces como sea necesario para aprender cuanto nos enseña el drama de lo sucedido. Creemos haber conocido a alguien “nuevo”, pero con el tiempo descubrimos que “las situaciones” se repiten. Y eso no es fruto de la mala suerte, o del karma, es el resultado de una elección inconsciente cuyo objeto es hacer consciente la traba que nos impide avanzar echando sal en la herida.

Transitar nuestro mundo interno para dar forma a una mejor versión de nosotros mismos, salir de ciclos de repeticiones y avanzar, es imprescindible si deseamos, verdaderamente, movernos hacia delante.

La reacción instintiva, defensiva, para continuar escogiendo una y otra vez lo mismo, es señalar a otro u otros; buscar culpables amparándonos en el “pobre de mí”, un rol de víctima que manifiesta lo poco que nos valoramos y respetamos y que encierra tanta frustración como el rol de agresor, pues ambos extremos se contienen el uno al otro y la pena y el sacrificio conllevan altos niveles de agresividad, rabia e ira, así como de sensación de indignidad. La diferencia estriba en que en un caso estas emociones se canalizan hacia fuera, el mundo exterior, y en el otro, hacia dentro, el mundo interior.

Ya sabemos que cuando señalamos a otro, el propio gesto hace que tres dedos de la mano apunten hacia nosotros indicándonos que aquello que nos resulta tan desagradable habita en nuestro interior y debemos prestarle atención para llevarlo a un nivel superior; el de la conciencia. Y toda toma de conciencia requiere responsabilidad.

Bajo las capas superficiales de la apariencia se esconde el miedo a la propia grandeza; el complejo de Jonás y un antagónico miedo a ser feliz, a sentir aquello que nos genera incertidumbre o novedad, anclándonos en lo conocido, en emociones cíclicas que nos hacen sentir en casa. Pero no todas las casas son un hogar. 

La mayor parte de nuestros frenos a la hora de avanzar parten del miedo, e incluso existe el miedo a tener miedo. El mayor temor del ser humano radica en la incertidumbre, en la falta de control sobre los acontecimientos, en no manejar las posibles opciones, en no saber qué es lo que viene… Si ahondamos en ello, encontramos un sentimiento de desconfianza, de no estar preparado, de carecer de medios, herramientas, talentos o habilidades que permitan la supervivencia del yo, o del status quo. Y es aquí donde surge la ansiedad a causa de la incertidumbre.

Aprender a vivir en incertidumbre es aprender a confiar en uno mismo, en la vida, en las habilidades y destrezas personales, en la propia capacidad de crecimiento… y la paciencia, es la herramienta más poderosa para manejar de forma efectiva la ansiedad.

La paciencia incluye un alto en el camino y el consiguiente respeto a los procesos vitales. Cuando deseamos correr antes de andar, avanzamos errática y torpemente en el intento, pero más pronto que tarde, caemos. Es el caso de las “relaciones rebote” (Leer “El efecto rebote”) , ese famoso “a rey muerto, rey puesto” que estimula y favorece una cultura de satisfacción inmediata que exige resultados en zeptosegundos. Resultados que nos devuelven al punto de partida, a la verdad…

La mayor parte de las personas que acuden a terapia se lamentan por “atraer el mismo tipo de persona”, por vivir una y otra vez las mismas situaciones en el ámbito sentimental y las parejas que se someten a una terapia, suelen manifestar que “el otro ha cambiado”. En un caso, vemos lo que necesitamos ver, buscamos inconscientemente aquello en el otro que nos resulte familiar y lo escogemos a un nivel inconsciente. En astrología psicoevolutiva es algo que se entiende fácilmente, pues nos enamoramos a través de la Luna y la Luna representa nuestro inconsciente: nuestras necesidades emocionales, afectivas y patrones tanto personales y familiares como ancestrales. En el segundo caso, la terapia nos permite hacernos conscientes, entender para llevar a la práctica; para sanar. Es entonces cuando se descubre al otro, cuando, realmente, elegimos.

Cuando amamos con miedo vivimos en la necesidad. Cuando amamos con libertad, vivimos en la verdad.

Pese a que los tiempos y los ritmos han cambiado y con ello, nuestra forma de relacionarnos, seguimos eligiendo inconscientemente, viviendo en la precariedad emocional, vinculándonos desde la necesidad, demandando a otro que llene nuestros espacios y vacíos, exigiéndole que se encargue de aquello para lo que nosotros mismos nos hemos declarado incapaces. Y no existe una forma más clara, y obvia, de ausencia de amor.

Cuando necesitamos a otro estamos en dependencia, vibramos en la escasez. Cuando amamos a otro, compartimos desde la riqueza, vibramos en abundancia.

En este sentido, hago referencia tanto a los recursos internos asociados a la propia valoración y sensación de merecimiento, autoestima, como a los materiales. ¿Cuántas relaciones se constituyen y mantienen por seguridad emocional o material? ¿Por mantener el status quo, por sentir que se es alguien al lado de esa persona?

El sentirse incompleto sin el otro es un indicador de carencia que nos invita a volver la vista hacia dentro y cuestionarnos qué es aquello que no nos damos, en lo que nos estamos fallando inconscientemente y de forma continuada e incluso a qué sueños les hemos restado acción. Nada de lo que creemos adolecer se halla fuera de nosotros. Del mismo modo que nadie tiene el poder de hacernos sentir felices o desdichados. Confundimos con frecuencia la complementariedad de opuestos y la plenitud personal con la dependencia y la necesidad de validación externa.

No es lo mismo necesidad que deseo. Y cuando nuestras necesidades emocionales no están cubiertas, confundimos deseo con necesidad y surge el capricho, las relaciones tóxicas, los triángulos amorosos, la fragmentación personal; el drama…

El atajo nos devuelve, siempre, al punto de partida. Y lo hace porque es la oportunidad real de avance. Escoger el camino jamás transitado despierta pavor, incertidumbre… Pero es ese camino el que nos garantiza otros resultados, y también la propia liberación de patrones familiares o acontecimientos que nos resultan desagradables y que deseamos, fervientemente, no volver a vivir.

Para ello, es imprescindible revisar tanto la valoración personal, los vínculos que mantenemos y lo que demandamos en ellos, como a qué damos valor o nos da valor: ¿invertimos o gastamos?

No es lo mismo gastar tiempo, energía y recursos que invertir tiempo, energía y/o recursos en algo o en alguien.

Contestar a esta pregunta es esencial para movernos hacia delante, ya que en su respuesta, se hallan las claves para avanzar, realmente, recorriendo un nuevo camino.

Dejemos de evocar el pasado viviendo el presente y que el futuro sea, así, más luminoso; libre y consciente.

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