Mientras la tierra duerme

 

Vaciando algunas cajas, encontré entre las páginas de un libro un billete de tren, una vieja fotografía y un texto que redacté. Recuerdo perfectamente ese viaje, cuanto inspiró esas líneas y hasta por qué compré ese libro. En 2011 me subí a aquel tren rumbo a Bérgamo con la intención de comenzar a leerlo, pero no lo hice. No lo hice ese día ni al día siguiente. No lo hice tampoco en 2012. Y no llegué a hacerlo hasta darle la bienvenida a diciembre acariciando el final del 2017. Pude leerlo en el trayecto a Verona, a Venecia, a Florencia, a Roma o a Milán, pero preferí disfrutar del paisaje; saborear el trayecto…

Me fascinan los momentos que ciertas cosas eligen para entrar, para salir o para, sencillamente, ser. O crecer.

Hace tiempo tropecé con alguien tan peculiar que lo más correcto sería decir que bajó a tierra: «Eres de las mías», esbozó. «Solemos escribir en la misma libreta y hasta hemos cogido el mismo avión, aunque no estuvieras», continuó. Se sentó en el suelo sin dejar de ser raro, charlamos un rato y cuando la conversación comenzó a derivar en el tiempo, se despidió. «Es desconcertante que un desconocido te vea mejor que tú misma», pensé. Hace poco coincidimos en un no lugar. Fue extraño, porque mi paso y el suyo iban a la par y podía sentir como alguien, en paralelo, tenía el mismo ritmo natural. Pero puede que la memoria me traicione y las ganas de verlo me hagan confundirlo…

Entre trayecto y trayecto aprendí a amar la distancia que nos separa y, al mismo tiempo, nos conecta y vincula de un modo atávico.

Cuando por fin terminé de leer el libro, lo abracé y me quedé contemplando el océano…

Quizás sea como el octavo de los trabajos de Hércules; destruir a la Hidra: «Nos elevamos al arrodillarnos, conquistamos al entregarnos y ganamos al renunciar».

Siempre estuvo ahí. Ese libro, también. Ahora lo sé.

Mientras la tierra duerme, próximamente a la venta.