Mar adentro

 

 

Aprendí a nadar en el mar. Quizás, si no hubiese sido así, hoy sería una persona distinta.

Cuando era niña mi padre me escoltaba mar adentro jaleando los miedos. Lo hizo insistentemente sin que jamás creyese que tenía que defenderme de él; era mi familia.

Pienso que es una gran fortuna nacer en un hogar donde no tienes que defenderte, en la importancia del entorno en el que creces, en lo que esa influencia hace contigo mientras te construyes como adulto; en lo imprescindible que es dejar de buscar culpables y ser responsable de quién eres, y de quién deseas ser…

“Ya estás aquí, ahora tienes que nadar hasta donde no cubre”.

Y, es verdad, las personas se salvan solas, pero saber pedir ayuda y crear una red de seguridad es igualmente importante; que una de esas personas sea con la que has decidido compartir tu vida sin la soledad hueca que supone tener al lado a quien que te mira, pero no te ve. Lo relevante que es ser ese alguien que te gustaría tener cerca. Creer en él o en ella; en ti. Confiar. Y nadar mar adentro…

 

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