Los rostros de la agresividad

La agresividad no es necesariamente destructiva, y es solo, cuando esta fuerza vital se ve obstruida en su desarrollo, cuando se originan sus derivados: la cólera, el odio y la furia.

La agresividad sana es la fuerza interna que nos proporciona el ímpetu necesario para actuar en el medio y adquirir experiencia. La agresividad natural que habita en nosotros es la fuerza motora, la energía que nos hace levantarnos de la cama, estudiar una carrera, leer un libro, aprender un nuevo idioma… Un “sí” o “no” a criterio de la voluntad pudiendo arrastrarnos a actuar de maneras que afirman la identidad o a formas de comportamiento destructivo; la dualidad de la energía agresiva que mitológicamente observamos entre la figura del Ares griego y el Marte de los romanos.

La agresividad entendida como la voluntad para cultivar lo que somos y lo que podemos llegar a ser, el deseo de crecer, avanzar y progresar, así mismo como para defender lo que ya somos por derecho propio, forma parte de la propia naturaleza. Pero cuando esta se ve frenada o bloqueada por causas personales, incluso inconscientes, o por terceras personas, se transforma en cólera. La agresividad también puede volverse hacia dentro, atacar a la mente y al cuerpo y convertirse en un factor que provoca enfermedades, infecciones, disfunciones sexuales y afecciones gástricas.

Por lo general, las personas tienden a reprimir, negar o proyectar la agresividad, y en muchos casos, se enmascara una rabia o ira profunda que pasará a expresarse a través de un odio frío y silencioso, el espíritu vengativo, el malhumor, la amargura, el sabotaje pasivo, las fantasías agresivas, resentimiento, sarcasmo, espíritu crítico, irritación, el disfrute de la violencia por medio de otros, la oposición irrazonable, la crueldad, la cavilación…

Las personas que tienden a criticar están expresando su resentimiento y su rabia. Los improperios e insultos expresan el enojo y el dolor y el sarcasmo, puede ser el disfraz de una gran rabia oculta; el comportamiento autodestructivo no es más que la manifestación de la cólera hacia dentro; el desdén, una rabia pasiva y un rechazo hacia uno mismo o desaprobación; la tendencia a cavilar es una forma de mantener la energía agresiva adormecida en las fantasías y en la venganza hay una expresión de agresividad en su forma más negativa que encierra una palpitante frustración.

Si nos aferramos al odio o a la ira, dificilmente podremos amar y sentir amor.

Se puede estar resentido con un familiar, un amigo o una pareja, pero en lugar de abordar el asunto de una forma sana y constructiva, defendiendo el propio yo y sus deseos, proyectarlo o desplazarlo a otra situación o persona, por ejemplo: ir a comprar al supermercado y poner una reclamación porque, ese día, se ha agotado la marca que se compra habitualment o estar enojado con la pareja y llevar al extremo una discusión por unos calcetines fuera del cesto de la colada. Sacar la agresividad de contexto y proyectarla en otro escenario, situación o incluso dirigirla hacia otra persona es algo demasiado usual.

Si no gestionamos nuestros impulsos agresivos nos expones a:

-Volver la agresividad hacia dentro, contra nosotros mismos.

-Expresar la agresividad de maneras explosivas e infantiles.

-Atribuirla a otros.

En muchas ocasiones la agresividad natural se verá bloqueada provocando furia y enojo. Guardar esas emociones no es sano, pero tampoco es apropiado darles cauce. Entonces, ¿qué hacemos?

Si la agresividad se acumula es imprescindible liberarla mediante alguna forma de descarga muscular. En vez de estallar y descargar toda la furia sobre alguien, se puede practicar algún deporte, salir a correr o trabajar en el jardín. Estas actividades forman parte de la higiene emocional, porque limpian el cuerpo de la toxicidad que puede producir un sentimiento de enojo, odio o resentimiento reprimido. Si uno niega algo que lleva dentro, o lo entierra, quedará sometido a ello, no logrará borrarlo, sino hacerlo reaparecer con más fuerza. Pero si es capaz de mirarlo, reconocerlo y aceptarlo, termina por encontrar una manera de transformarse o de expresarse positivamente.

Otras corrientes podrían proponer actuar mediante el principio opuesto, el amor y la compasión. Pero son estadios difícilmente accesibles en momentos de ira, pues la compasión se confunde con la pena, y la pena es una de las peores formas de agresividad, así como el victimismo, lo que lleva emparejado una represión o negación de la rabia en un intento de ser “bueno”. El objetivo no es dualizar aún más, sino integrar. Y la rabia y el dolor no surgen de forma espontánea, provienen de un profundo sentimiento de no poder ejercer la voluntad o tomar lo que por derecho nos corresponde. Aquí entramos en algo mucho más profundo que trabaja las sensaciones de merecimiento, dignidad y valoración, pues si uno niega la agresividad por miedo a sus aspectos negativos, corre el riesgo de perder el contacto con aquella parte que quiere crecer hasta convertirse en lo que realmente es, provocando depresiones, siendo perezosos a la hora de ir a por lo que realmente queremos y quedándonos con la culpa de no haber hecho lo que podríamos hacer realizando nuestras posibilidades. Lo que cambia no son las emociones, ni lo sentimientos, si el blanco donde estos apuntan, y canalizar la agresividad en otras actividades es una forma de gestionar la emoción, transformándola y dotándola de un sentido que retroalimenta la propia voluntad e individualidad.

 

Lectura recomendada: What we way be, Piero Ferucci.