Los reinos de la Naturaleza

“Caminaré en armonía, caminaré en paz. Todo es mi familia. Todo es sagrado. Campos y animales. Todo es sagrado, Montañas, selva y mar; Todo es mi familia…”

Es un sentimiento indescriptible percibir la vida en los animales, las plantas, los árboles, los minerales… sintiendo que son como nosotros, pero vestidos con otro traje, equipados con otras cualidades, con otras funciones; asimilando otras cuestiones de la propia vida.

En el plano físico, los árboles purifican el aire que respiramos, humedecen la atmósfera, dan sombra, abrigo, alimento, medicinas, albergan en su interior infinidad de seres de todo tipo (aves, insectos, reptiles, roedores, monos, hongos, bacterias, musgos, otras plantas, etc.). Además regeneran los suelos, los nutren entregando elementos que procesan en su interior a través de sus raíces favoreciendo la absorción del agua. Su sombra protege el suelo del recalentamiento directo del sol, evitando su endurecimiento y la posterior desertificación del mismo. En los planos sutiles, los árboles nos protegen con su aura y su energía; en los jardines de las casas y en los parques se convierten en verdaderos “guardianes” e igual que en otros Reinos existen árboles maestros. Hay en ellos una calma que nos tranquiliza, armoniza y cura al captar del cosmos energías que entregan a la Tierra.

Los seres de la Naturaleza no son inferiores, son nuestros hermanos, aunque diferentes, de ahí lo mucho que podemos aprender de ellos en colaboración.  Alguien gobernado por su mente conceptual se creerá superior a estos reinos; más evolucionado. Pero la realidad es bien distinta y ese imperativo mental y egóico sólo le ha servido al ser humano para destruir, usar, invadir y dañar a los restantes reinos, y de paso, anular el uso de su hemisferio derecho.

¿Quién puede sentirse superior a un roble que con sus cientos de años se mantiene con una firmeza que enmudece, mientras sus ramas se muestran flexibles al silbar del viento? ¿Quién puede superar el amor incondicional de un perro que mantiene la energía en nuestros hogares, nos recibe con alegría y nos acompaña o el gran poder de transmutación de un felino que entrega su vida con todo su amor para hacer más dichosa la nuestra? ¿O la belleza de una flor, con sus variados colores, aromas y texturas?; ¿O el canto melodioso de las aves que forman una excelsa sinfonía en medio del bosque?

Mucho de lo que hoy sabemos de la Madre Tierra lo hemos heredamos de nuestros ancestros y de las diferentes culturas. Los Esenios, los Celtas, los pueblos americanos precolombinos, las tribus africanas, los habitantes de las islas del Pacífico…; cada una de estas culturas nos han dejado un legado valiosísimo aún por descubrir. Todos contactaron con Gaia, con su espíritu, Merla, y trataron de vivir en armonía con ella. Descubrieron el poder del reino mineral: Los cristales. De los elementos; el agua, el fuego, el aire, la tierra, el éter… Admiraron el universo que compone no sólo el firmamento, sino al reino vegetal: los árboles, las plantas, los frutos y respetaron la conciencia del mundo animal, sus leyes, sus valiosas funciones; su diversidad. Honraron al Alma Madre de los animales, al Alma Madre de la Tierra, a los Devas… Tribus como la de los Xius y Dakotas en Norte América, incluyen en sus rituales de honor a la Gran Madre unas danzas sagradas alrededor del fuego e invocan a la Madre Naturaleza entonando la siguiente estrofa: “Caminaré en belleza, caminaré en paz. Todo es mi familia. Todo es sagrado. Campos y animales. Todo es sagrado. Montañas selva y mar. Todo es mi familia…” .

Debemos retomar e integrar en nuestro día a día esa conciencia perdida al reconocer a la naturaleza y a sus reinos en su realidad espiritual, abriendo nuestro corazón, descubriendo la verdadera identidad de los seres que habitamos y formamos parte de Gaia, aceptando que todo en la Naturaleza habita en el Cosmos y está conectado a la vida, a la abundancia infinita de la creación expresando nuestra profunda gratitud por ello. Es ese estado de gracia el que debemos aprender a lograr de los seres de la Naturaleza, pues aunque los lirios no tejen, ni tienen graneros; nunca les falta la lluvia del cielo.

 Nuestra comunicación con la Madre Naturaleza comienza a partir del silencio interior, siendo imprescindible para la manifestación sutil de estos seres dirigirnos directamente al corazón de la Madre Gaia para expresarle nuestra gratitud y amor incondicional, situándonos internamente en un estado de conciencia viviendo el momento presente y acallando nuestro mental inferior.

Abracemos un árbol, sintamos cómo su energía cálida nos acoge y reconforta, descansemos bajo su sombra y reconozcamos su belleza y su función desde el corazón, expresemos nuestra gratitud por su presencia, por su labor…  Estemos atentos, también, a lo que que percibimos, pues podemos recibir claros mensajes.

Observemos detenidamente una planta, una flor, envolvámonos con su Ser en un silencio total por unos minutos, siendo la llave de la nueva conexión con nuestros hermanos de la naturaleza. Meditemos en un entorno natural, dejémonos nutrir y acariciar por los elementos sutiles que lo habitan.

Sembremos, plantemos, generemos vida a nuestro alrededor, dejemos que la energía creadora se manifieste en nosotros y reconozcamos que somos parte de la Gran Madre Gaia, sensible y viva, que a ella le debemos nuestro más preciado y profundo amor por todo lo que nos nutre y nos brinda, colmándonos de paz, salud, energía y vitalidad.

Aprendamos de nuestros hermanos, respetémoslos y honrémolos. Cuando vayamos de montaña, salgamos al campo o nos adentremos en un bosque, pidamos permiso a los elementales del lugar para poder ingresar a su entorno. Caminemos en silencio entre árboles, plantas y animales, sintiéndonos como si estuviéramos entre una multitud que nos mira, nos observa. Sólo el acto de reconocer su existencia le da a estos seres un impulso positivo que nos conecta con su energía. Podemos saludarlos, sentir su aura en contacto con la nuestra e incluso irradiar su presencia.

Conjugemos el verbo VIVIR en su totalidad, respetemos la VIDA, porque la vida es sagrada; toda forma de vida; toda energía…

Lecturas recomendadas: “Encuentro con los guardianes invisibles de la naturaleza”, Anne Givaudan; “El alma de los animales”, Daniel Meurois.

Imagen, Reconectando con la vida, Tenerife.

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