Los que huyen

 

El tic-tac de algún reloj amplificaba su sonido bajo el arpa del silencio, mantenía el rostro hundido entre las manos resguardando sus pensamientos. Yo sabía, dentro de mi gran ignorancia, que no existía solución racional para aquella causa y que ni todo el sol de agosto asesinaría las heladas que anidaban en él. Arrastré la maleta hasta la puerta revolviendo con los ojos la estancia. El latido del corazón trepó hasta mi boca de tal manera que tuve la sensación de poder escupirlo al oír levantarse repentinamente los gemidos, gritos y aullidos que salen de la garganta de un valiente cuando se ve perdido.

Tengo una cicatriz en la cabeza de siete puntos que me acompaña desde los tres años por la ingenua osadía de trepar y querer hacer acrobacias al mismo tiempo en la cima de una canasta de baloncesto, y a ella se suman otras tantas que ni se aprecian, porque las he ido acumulado en las rocas de la playa, andando descalza o cada vez que un cristal se precipita de forma estratégica…

Soy de las que piensa que las piedras están ahí para tropezar con ellas, no para hacernos cambiar de rumbo. Tampoco creo en la gente tóxica, me parece una excusa moderna para señalar a otro con un dedo y eximir la tan valiosa responsabilidad que tenemos sobre nuestra forma de amar, y relacionarnos. Eso es precisamente lo que hace que me guste quien es auténtico en sus formas: que muestra sus heridas, aprende de sus errores y cuenta su historia sin maquillarla. Pero su tendencia a la catástrofe estaba tan normalizada que cuando divisó la luz al final del túnel, creyó que era un tren que estaba a punto de arrollarlo. Siempre había una guerra civil o una revuelta que acabaría en revolución al doblar la esquina. Siempre, y sin excepción, estaba dispuesto a recordar que todo comenzó con un diluvio y a predecir que concluiría entre llamas.

Él nunca decidió por mí, tampoco me advirtió de sus fracasos, sencillamente se plantó enfrente y me dijo: “Llevo huyendo toda la vida y puede que algún día también me vaya de aquí, pero ahora, ahora solo quiero estar contigo”. En ese momento entendí que los que siempre huyen son los que más necesitan quedarse y, al final, nunca se van…

 

Fragmento de Mientras la tierra duerme, próximamente a la venta, para Libre Diario Digital.