Lo que mi coche me contó Ese vals

 

Schrödinger y Russell intercambiaban impresiones en el alféizar cuando el sonido del WhatsApp me regaló un desfile de instantáneas a todo color. El exorbitante tono lo envolvía todo rindiendo pleitesía a la octava superior que orbita sigilosa en las misteriosas aguas del Hades.

Mi mente viajó en el espacio-tiempo a lo Marty McFly, con Emmett Brown al teléfono. No me lo podía creer; sencillamente, era él. Y aquello, amor a primera vista.

Hay momentos para todo. Momentos que se vuelven nihilistas y lo reducen todo a nada, porque todo es nada, y nada es. Y la vida pasa y se va, así, sin más, y parece que con ese menos, pero no. Momentos que no empiezan o acaban nunca, que se eternizan alargando su vida en el último zeptosegundo. Y momentos que corren como si fuesen perseguidos por un asesino en serie. Aquel septenio apenas había sido un momento que agonizaba en el latir de sus últimos días. Y ese instante, el broche final que cerraba una etapa en la que un inesperado golpe de viento azul añil, dispersaría la ceniza de la experiencia acumulada.

Bajé al garaje para contemplar a Astrid. Allí estaba mi fiel compañera, repleta de cicatrices, como yo. Cada detalle repicaba en mis sienes los miles de trayectos, las infinitas conversaciones, las repetitivas canciones cual eterno día de la marmota…; las decisiones. Allí estaba, pero pronto dejaría de estarlo, y fue una sensación extraña reír y llorar a la vez.

Algunas palabras se intensifican con el momento. Lágrimas. Risa. Miedo. Soledad. Silencio. Tranquilidad. Amistad. Familia. Enfermedad. Responsabilidad. Amor. En el sótano de cada una sigue vibrando su esencia, pero, según el momento, y el tiempo, adquieren una nueva dimensión.

Cuenta Gabriel García Márquez en Gabo, la magia de lo real, que un día se sentó al lado de su esposa y le dijo que para poder escribir necesitaba dedicar todo su tiempo a ello. Así que acordaron que él dejara aquel trabajo que consumía sus horas, aunque fuera lo único que les daba de comer. En ese momento tenían cuarenta años y dos hijos, y él escribía Cien años de soledad. Seis meses después, el casero telefoneó reclamando el impago del alquiler. Su mujer cubrió el auricular y le preguntó cuánto tiempo le quedaba para terminar su obra. “Unos seis meses”, respondió él. Ella le aseguró a su interlocutor que podrían pagarle dentro de seis meses. El casero se mostró disconforme, puesto que para ese entonces ya le adeudarían un año entero. A lo que ella repicó: “Lo sé. Pero también sé que en seis meses todo estará solucionado”.

La pluma que Denys regala a Karen para que escriba cuentos desde África. La valentía. La polilla que se traga Alfred de Musset mientras George Sand ríe a pleno pulmón. Su correspondencia. Attraversiamo. Las secretas decepciones. La purpurina de un ángel caído del cielo. La fe. Las palabras en el parabrisas, y en la ventanilla. La muchedad. Esa mirada que dice que la vida no es fácil, pero que siempre estarás ahí para empujarme en la dirección exacta. El grito de Policarpa Salavarrieta. La teoría del caos. Dirac. Creer en ti. Mark y los carteles para Juliet. Que la risa siga siendo nuestra. Huir. El llanto que no cesa. La lengua que te lame, no hiere. El compromiso. La paradoja de Russell. Nos queda todo. La admiración. La verdad, siempre, aunque sea como masticar algodón. Bender y Fry. Patinar. La taza humeante que llevas hasta la mesilla de noche. La Luna, Venus, Marte y el Sol. Las sizigias. Aprender. Un proyecto individual que es importante porque es suyo. Uno común que es importante porque es de los dos. Una nueva vida. El rojo, y el azul añil. El gris marengo, casi negro, pero no. Aquella rosa. Lo que se construye tras el relámpago. El perfume. La dedicatoria de un libro. La tormenta. El volumen de la radio. Ponerse a prueba. Una conversación que dure toda la vida. Ilusiones. Los besos, las despedidas y los no lugares. La promesa de ser constante. Responsabilidad. Las maldiciones en arameo. Lo inconfundible, inimaginable e inigualable y al tiempo, lo irritante, inaguantable e incómodo.

Contigo la vida adquirió otra dimensión. Tal vez ese momento fue demasiado intenso, o la intensa sea yo. Pero siempre llevaré en los bolsillos ese vals, aunque te haya dicho «adiós» para que pudiéramos regalar un «hola», aunque ya no estés. Aunque viaje sola.

Imagen, Primeras curvas de marzo.

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