La inteligencia emocional en las relaciones y sus deficiencias

La inteligencia emocional juega un papel decisivo en la interacción social, laboral, familiar e íntima. Incluso puede llegar a ser mucho más importante que el cociente intelectual a la hora de determinar el éxito.

“La individualidad no es un fin en sí mismo; es algo que da fruto a través del contacto con el mundo, y en ese proceso sale de su aislamiento. Si mantenemos nuestra individualidad en una urna de cristal, se marchita. Se enriquece en cambio cuando fluye libremente a través del contacto Humano”.
Bertrand Russell (1872-1970)

Las personas con una baja inteligencia emocional, presentan dificultades, “problemas” y bloqueos a la hora de relacionarse, pues han de desarrollar o integrar ciertas conductas y hábitos en sí mismas, aprendiendo a gestionar sus emociones y por ende, a encajar, entender y comprender las de los demás.

Existen algunos indicadores que permiten determinar si careces de tales habilidades, para ello es importante que exista honestidad a la hora de identificarte con las frases, y que dicho resultado no te alarme, sencillamente, mostrará en qué áreas debes centrarte y trabajar ayudándote o apoyándote, si así lo deseas, en un buen profesional:

-“Te sientes incomprendido y crees que los demás no se esfuerzan lo suficiente por entenderte, provocando que te exasperes, lo cual es bastante irritante y molesto.”

Las personas con una baja inteligencia emocional permanecen ajenas a los sentimientos de otras.
No entienden cómo se sienten los demás, pero al mismo tiempo se sienten incomprendidos y eso hace que se enojen con mucha frecuencia, pues en la mayoría de los casos lo que les motiva a la confrontación con el otro es su propia frustración.
Lo que se mueve bajo esta capa es el desconocimiento, pues no saben cómo expresar sus emociones, canalizándolas en forma de ira, rabia y enfado, lo que da lugar a situaciones sociales complejas con frecuentes “salidas de tono”.

En algunos casos, guardan silencio pasando de un extremo al otro, como el silencio no es el resultado del ejercicio de una sana prudencia basada en el respeto, se convierte en una castración de la propia emoción derivando en un sibilino y tenso silencio que resulta igual de dañino para sí mismos que amenazante para el otro. Es necesario equilibrar ambas polaridades y tratar de ser asertivos manifestando cuanto les inquieta de una forma respetuosa y atemperada.

-“Los demás se suelen tomar todo a la tremenda, todo les afecta, son demasiado débiles y tú no”.

La falta de empatía les permite permanecer insensibles y actuar de forma poco apropiada, considerando a las personas con las que se relacionan “demasiado sensibles y débiles”.
Como no logran interpretar la reacción del otro, actúan de forma errática e inapropiada, creando o complicando los conflictos y dando lugar a malos entendidos. Esta incapacidad se acentúa en la medida en que el componente emocional está presente mostrándose con frecuencia pesimistas y excesivamente críticos ante los sentimientos ajenos.

Probablemente si no se ha tomado consciencia de dicho déficit, estas personas sentirán en sus espaldas el peso de las experiencias pasadas que detonarán en su inconsciente ante cualquier situación que evoque el recuerdo tiñendo de complejidad el conflicto y percibiendo al otro como demasiado vulnerable o quejica.

-“No soportas que te griten, detestas discutir, pero te obligan a hacerlo. La gente exagera y pierde el control y cuando eso sucede o lo ves venir, te marchas”.

Las emociones fuertes son un verdadero obstáculo que suelen evitar a toda costa. No obstante, huir no siempre es posible y ante situaciones de tensión, estallan en arrebatos emocionales desproporcionados e incontrolables, pues no existe una gestión correcta de sus verdaderas emociones.

Aprender a gestionar sus emociones es vital para poder establecer relaciones sanas sin percibir al otro como una amenaza a la hora de crear y cimentar vínculos afectivos. Desaparecer de la escena no solventará el problema raíz, pero sí contribuirá a aplacar el enfado si éste se ha desencadenado. Retirarse es una opción saludable, escapar, no. Y dicho retiro debe tomarse para lo que es. Una bomba de humo no solventará nada ni logrará que el problema desaparezca mágicamente, por lo que adquirir el compromiso de la responsabilidad emocional para consigo mismos y el otro, es una tarea a destacar.

-“Lo das todo y exiges lo mismo, pero no te lo dan”.

Se sienten víctimas y ese “victimismo” complica aún más sus relaciones, ya que no re-conocen cuál es el motivo real de sus problemas, otorgándole, siempre, la responsabilidad al otro.

Su nivel de exigencia suele estar muy por encima de sus posibilidades emocionales, ya que, instintivamente, fijan sus expectativas en un tutor que solvente sus crisis emocionales, reconozca su enfado o canalice su frustración. No obstante, su falta de empatía, les impedirá ejercer la reciprocidad con el otro.

Si bien es cierto que en las relaciones íntimas es algo que se da en el contacto de forma implícita, la responsabilidad emocional no debe derivarse, ya que en ese caso se caería en el error de crear un apego basado en la dependencia. Cualquier persona que ame a otra, participará activamente de su mundo emocional y supondrá un mullido colchón en el que tumbarse, pero jamás impondrá sus criterios, pues toda relación se basa en el respeto y a las personas con una baja inteligencia emocional, les costará encajar el respeto a la individualidad en su afán de ser tuteladas, pues exigirán al otro lo mismo aspirando a controlarlas o manipularlas, pues no saben cómo corresponderlo.

-“Eres muy sensible y todo te afecta”.

Paradójicamente las personas con una baja inteligencia emocional se consideran a sí mismas personas sensibles, ya que en su rol de víctima, sufren y padecen cuando se adentran en el terreno inexplorado del mundo emocional.

En algunos casos, esta sensibilidad toma el cariz de hipersensibilidad, que nada tiene que ver con la alta sensibilidad y las Personas Altamente sensibles (PAS).

-“Tu pareja a veces está ausente. Está en cuerpo, pero sabes que no está contigo. No te hace caso, está en otra parte y no te sientes correspondido”.

La deficiente inteligencia emocional suele impulsar a estas personas a una compensación instintiva basada en un sistema de rígidas creencias y patrones con respecto a “lo que debe ser” llegando a mostrarse molestos porque el otro no alcance su nivel de exigencia: no esté a su disposición, no conteste inmediatamente a sus llamadas, no cubra sus necesidades y por ende, reaccionando con excesiva vulnerabilidad, pues demandan una contemplación tan constante como intensa.

Es básico diferenciar las emociones, que se presentan como caballos desbocados y los sentimientos que permanecen inalterables para gozar de una buena higiene emocional y mental.

Las relaciones se nutren de la reciprocidad afectiva; un continuo dar y recibir; habilidades para escuchar, intercambio de emociones y empatía. Cuanto más íntima se torna una relación, se unen a ella otras habilidades como la compasión o la capacidad para dar apoyo.

La esfera íntima de las relaciones se convierte, por tanto, en un Everest emocional, teniendo la sensación de agotar sus fuerzas en el intento de alcanzar su cima.
No obstante, es posible, a través del ejercicio de la propia voluntad y la orientación de un buen profesional, lograr gestionar las propias emociones y establecer relaciones íntimas sanas.

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