Humanidad

Para aprender a hacer queso hay que ver cómo nace el ternero; conocer el proceso entero. Hoy se oprime un botón y el mundo se pone en movimiento; se sabe un poco del comienzo, y del final, pero ni idea de cómo es el medio perdiendo el sentido de los ritmos naturales de la vida en un constante desequilibrio. En el siglo XVI las personas percibían sus propias necesidades como subordinadas a la comunidad, vivían en pequeños grupos próximos a la naturaleza. La ciencia se basaba en la razón y en la fe; lo material y lo espiritual estaban inextricablemente unidos. En el siglo XVII el sentido de un universo espiritual y orgánico fue reemplazado por un mundo regido por leyes mecánicas. La tierra ya no era la Gran Madre, sensible y viva, sino un mecanismo que se podía descomponer en partes y piezas, como un reloj. Y el famoso enunciado cartesiano Coigo ergo sum, declaró la escisión entre mente y materia. La gente se mudó a la cabeza y abandonó el resto del cuerpo. La fragmentación se alzó hasta el primer puesto en el top five, y continúa reinando, a pesar de que la física del siglo XX haya demostrado que nada puede entenderse aislado de su contexto. Así como el verano sigue a la primavera y el día se convierte en noche, hay una razón fundamental para que un proceso vital siga a otro. Emergemos del mar, cobramos forma y volvemos a disolvernos en él. El proceso como tal es parte de la raíz de la experiencia. La división no es más que una parte de la totalidad y, sin embargo, el ser humano se aprisiona en ella. Pero la totalidad lo es todo (valga la redundancia). Y es que el todo es mayor a la suma de sus partes.

Nuestra mente racional, que se mueve siempre a un ritmo acelebrado, ha creado una pantalla entre lo que fue antaño y lo que vivimos hoy. Sólo en muy raras ocasiones nos permite vislumbrar una realidad que generalmente nos negamos a ver. Hay que reconocer que lo intangible nos asusta, al igual que los cambios: no sabemos cómo controlar lo que se sale de la norma. Nos da pavor que se tambalee el frágil equilibrio materialista sobre el que se basa esta época, de hecho, nunca se ha consumido tanta medicación para calmarse o dormir. Los medios de contaminación y manipulación, nos han hecho creer que para estar bien o ser felices debemos dormir un número determinado de horas, comer de una forma concreta, lucir de una manera específica, comprar una cantidad increíble de objetos inútiles e innecesarios, hacer x, borrar z… Todo ello nos ha hecho perder el contacto con nuestro propio ritmo natural, con nuestro corazón y nuestra sensibilidad, alejándonos de lo esencial.

La era de la tecnología dio el golpe de gracia a esta progresión hacia la falta de sensibilidad, separando lo que se ve de lo que no se ve y teniendo en cuenta única y exclusivamente lo visible, lo tangible, aquello que podemos captar con nuestros cinco sentidos. La era industrial le declaró la muerte a todo lo que no fuera comprensible mediante el intelecto, y éste se transformó en la medida de todo, obteniendo plenos poderes, especialmente el poder de decidir sobre lo verdadero y lo falso, sin tener en cuenta que nuestra mente conceptual también tiene sus propias limitaciones.

Hoy, no sólo hemos olvidado a esos seres invisibles que viven junto a nosotros y cuidan y velan por los reinos de la naturaleza y de sus elementos, sino que hemos olvidado a los que sí vemos: a los animales, a los vegetales y minerales. Es más, nos hemos olvidado incluso de nosotros mismos, de nuestra propia humanidad y otro ser humano, otro hermano, no es más que un objeto al que dar uso, un accesorio, un enemigo, una amenaza, un espejo en el que mirarnos o a saber…

Se someten a auténticas torturas y aberraciones a nuestros hermanos animales con la excusa de alimentarnos. ¿Y de qué nos alimentamos al ingerir dolor y sufrimiento?; con la excusa de preservar o entender la vida: ¿Es posible preservar o entender la vida matando? Lamentablemente la mayoría no se alimenta, engulle o ingiere. No es siquiera consciente de ser energía y que, por tanto, se nutre de ésta a todos los niveles. Pero sí que creen en “el mal rollo” que les da alguien o algo. La mayoría no piensa ni hace nada por su comunidad, por su calle, tristemente, tampoco por ellos mismos. ¿Cómo van a velar por otro ser vivo?

Desde este rinconcito llamado humanidad, equipo en el que todos jugamos, apelo a la tuya, a que abras los ojos y despiertes. No importa cuanto hayas hecho hasta ahora, lo que importa es que estás a tiempo de equilibrarlo, de sanarlo, de enmendarlo; de responsabilizarte y hacerte cargo.

 

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