Esa raíz; ese hogar; mi código postal

 

Viene a mi mente Joanne Rowling, y ese conductor de autobús, Paterson, que escribe poemas entre trayecto y trayecto en su atesorada libreta. Un hombre con una vida común que paga las facturas mientras su novia trata de que haga algo “productivo” con esos poemas, como si escribir no fuese suficiente.

La literatura me ha llevado a lugares que jamás podría visitar, a vivir historias que, de otro modo, no hubiera vivido. Gracias a ella he viajado más y mejor. Mi idioma conserva mi identidad, me recuerda quien soy, la tierra que mis padres esconden en los pliegues de su ropa y, entre trayecto y trayecto, pienso que no solo de pan vive el hombre y que escribir, para mí, es otra clase de alimento; esa raíz; ese hogar; mi código postal.

Las huellas de la experiencia son excepcionalmente bellas, como las de los árboles, cuya herida mortal narra en la circunferencia de su cepa todo el dolor y sufrimiento, la lucha y la enfermedad, la deshidratación y la prosperidad, los ataques superados y las tormentas sobrevenidas; su historia. No hay nada más sublime y embriagador que capturar vagamente el inefable paso del tiempo, esos anillos de la vida… La sinfónica materialización de una esencia en cuya mirada todo sucede y se ordena en un concierto extraño adquiriendo con los años la inusitada coherencia que se aleja del mundanal ruido reposando en paz.

La literatura es lo que más agradezco a mis padres, su legado; el latir apasionado de unas manos que renacen por aquello en lo que creen. El hygge, diría un danés.

 

Imagen, Retrato de Corina Barrios.
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