Divide y vencerás

Me fascina escribir y, desde luego, leer. Viajar, descubrir otras culturas; aprender. Tocar el piano, la danza del vientre, pintar al óleo, tejer… Disfruto igualmente de la velocidad de crucero que de la de un excitante trayecto en moto. Y puedo divertirme practicando escalada o restaurando un mueble. Me deleito con las humanidades y el arte. También con las ciencias: la astronomía, la medicina, la física… Una cosa, no quita a la otra, y, bajo mi criterio, en lo multidisciplinar está la excelencia, que no la perfección. No obstante, se nos hace optar y elegir constantemente, poner una cosa por encima de la otra fomentando la fragmentación; la rivalidad y la competencia, en lugar de abogar por la complementariedad, la unidad. Pero para eso hay que gozar de perspectiva. Y un problema o conflicto no encuentra solución, ni vía, en el mismo nivel en que se generó.

¿O eres del Madrid o eres del Barça? ¿O eres de Ciencias o de Letras? ¿Machista o feminista?; o estás conmigo o en mi contra.

 

Dacil

 

Los personajes más relevantes, contributivos, de nuestra historia, por mucho que haya querido sepultarlos el olvido, fueron ingenieros, escritores, médicos, físicos, filósofos, investigadores, astrólogos, escultores y poetas. Fueron ese todo sin restar a su lógica, coherencia y juicio; pensamiento, ni un ápice de creatividad, de arte y belleza; sentimiento. Si nos redujéramos a lo racional, al hemisferio izquierdo, ¿qué sería de nosotros? Ya lo sabemos, pues el eterno duelo entre opuestos que se contienen el uno al otro es lo que hace que no estén nuestras capacidades al servicio de la humanidad, del mundo.

El paradigma dualista lleva a creer que cada situación, problema, suceso o hecho, solo tiene dos opciones que se ubican, respectivamente, en un bando extendiéndose cual pandemia numerosas corrientes de fragmentación social lineal que normalizan lo anormal y que generan un debate que resulta ser estéril entre ciudadanos e inmigrantes, feministas y machistas, nacionalistas e independentistas. La mente del ser humano parece no admitir mayor horizonte que el blanco o el negro, algo extremadamente simple para lo que, por naturaleza, somos, pero en lo que nos empeñamos en insistir suplicando al carcelero que, por favor, nos ponga los grilletes.

¿La solución es conquistar un país por la fuerza? ¿Para acabar con las violaciones hay que encarcelar a todos los hombres? ¿Debería haber tanques por la calle para poner fin a la violencia? ¿La mejor manera de defenderse de un asesino es darle un abrazo, crees que si se lo das, dejará de matar? Los extremos, nunca, parecen tener “sentido“. Pero ¿pensamos de una manera distinta, creamos nuevas vías, nos alejamos de los extremos, gozamos de perspectiva, fomentamos la integración y la unidad?

Hace años vi una película, Ran, de Akira Kurosawa. En ella, el señor de la guerra, Hidetora Ichimonji, abdicaba a favor de sus tres hijos. En la escena principal Hidetora explica a sus hijos la finalidad de su decisión entregándole una flecha a cada uno y solicitándoles que la partieran. Sus tres hijos rompieron su respectiva fecha sin esfuerzo. Acto seguido les entregó tres fechas unidas y les pidió que realizaran la misma acción. Pero si las flechas estaban unidas, partirlas resultaba prácticamente imposible, pues la unidad era clave para mantener la fortaleza del reino. El resto de la película no tiene desperdicio, y, de algún modo, nos lleva a cuestionarnos hacia dónde dirigimos la ira o la frustración, a dónde miramos cuando sucede algo a nivel personal, familiar, social, nacional, mundial y en esa forma de pensamiento horizontal que solo percibe los problemas cuando están cerca de nosotros. Todo cuanto nos rodea es el problema. El de al lado. De ahí la célebre frase que nos acompaña constantemente como una cruz a la espalda que seguimos cargando voluntariamente, “divide y vencerás“, sin darnos cuenta de que se trata del mismo perro, pero con distinto collar.

Los desastres nos impactan de manera distinta cuanto más próximo, conocido o probable es un lugar. Del mismo modo que nos tranquiliza que las tormentas dejen tierra y avancen mar adentro, como si una vez que abandonan la orilla fuesen ya menos tormentas. Lo que nos da tranquilidad parecen ser los kilómetros, la distancia. Pensar que el peligro está lejos, que es de otros.

A veces pienso que el ser humano teme a su propia libertad y que la dualidad es una cárcel inoculada que se ha convertido en zona de confort. A veces pienso que queremos que todo sea tal y como lo contempla nuestra limitada perspectiva, que por no ver la rosa, cree que no existe.

 

Para leer el artículo en Libre Diario Digital click aquí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *