Castillo de San Jorge, Portugal. Viajes, diarios de viaje. Diarios de una errante

Desnominalizando

 

 

“Francesca bájate, corre, no seas tonta, sal de ahí o te consumirá el polvo de la rutina y la gris melancolía, el amor no da volumen a la radio para apagar el sonido de tus lágrimas obviándolas”. Pero Meryl siempre se queda, la película no cambia por mucho que la vea.

Francesca en su agonía me recuerda que uno es lo que elige, el resultado de cuantas decisiones ha tomado, aunque sepa que hay certezas que solo se presentan una vez en la vida. Y llora…, llora con tanta intensidad que, al final, lloras con ella.

La valentía reside en elegir, y algunas hazañas no tienen otra elección, pues no hay valentía sin miedo.

Miedo a sufrir, o hacer sufrir. Miedo a una nueva cicatriz. Miedo a equivocarse, incluso a acertar. Miedo a irte o a quedarte. Miedo hablado o callado.

Miedo a poner el aire, o a quitarlo.

Pienso en todas las Francescas que he conocido y en todos los entrenadores Wingo que han cruzado puentes repitiendo el mismo nombre hasta la saciedad…

No abrir la puerta de la furgoneta, no contestar un email, irse a vivir a Australia o arrastrar a otro hasta la meta…; algunas decisiones se convierten en automatismos, en actos involuntarios como el respirar. Decisiones que implican ese tanto y todo o ese pasó sin más, y con menos.

Desde nuestra más tierna infancia se nos enseña a usar lo que los lingüistas llaman nominalización, convertir un verbo (una palabra que expresa acción o proceso) en un nombre (algo fijo y estático). Hoy me pregunto si eso es lo que le pasó a Francesca. Cuando nos decimos que no podemos gestionar una relación, hablamos de la relación como si fuera algo rígido, en lugar de referirnos a ella como lo que es: algo tan dinámico como activo. Tal vez el problema surge en el instante en que reducimos el arte de relacionarnos a una relación, obviando la responsabilidad del proceso continuo que implica para con nosotros mismos y el otro.

Cuando se nominaliza sistemáticamente, se limitan las opciones disponibles porque se percibe el mundo de manera fija, cobrando especial relevancia esa falsa sensación de dualidad, de elegir continuamente entre dos opuestos que jamás podrían llegar a tocarse y que, sin embargo, se contienen el uno al otro. Los fuegos artificiales de la efímera pasión; la estabilidad que solo da el amor. La intensidad; la profundidad. La inteligencia; el sentido del humor. Siempre he creído que no hay que subestimar el poderoso efecto de las palabras. Los publicistas, líderes religiosos, los políticos y los medios de confusión, perdón, de comunicación, lo saben perfectamente, pues no hacen más que bombardear nuestra consciencia con todo tipo de mensajes. Las 22 letras del alfabeto hebreo son únicamente consonantes, y se las considera sagradas precisamente por la vibración o energía de su sonido, el cual, según los cabalistas, está vivo y lleno del poder creativo del cosmos.

He vuelto a ver la película, pero, esta vez, no le grité a Francesca que se bajara. Creo que ella no quería derramar a Balzac sobre el lienzo. Que prefería quedarse en la dualidad, la suya propia, esa que no apuesta por relacionarse transformando lo pasional en estable y lo estable en pasional; por trascender. Ella no creía en el AMOR 3.0 ni en las versiones que se van actualizando; en el ágape; en el proceso en el que dos iguales se miran de frente y a la misma altura dando lugar a una mágica ecuación en la que uno más uno es igual once y no dos.

 

Imagen, Castillo de San Jorge, Portugal.

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