Astrología

 

La Astrología no existe en términos reales, pues es el idioma de la vida, del alma, de ese algo superior a nosotros que no es posible comprender a través del ego y que sintoniza con el “Ser” en términos metafísicos. Lo que cualquier cultura, ciencia y ser humano aspira a re-conocer. Se viste de multitud de imágenes, símbolos y patrones conductuales que permiten entender la realidad acercándote a ella de forma sutil a través de conexiones, resonancias, eslabones y correspondencias entre la historia, matemática, geometría, medicina, fonética, astrofísica, arte, literatura, religión, mitología… Es tan infinita en su estudio como el propio universo y el ritmo natural de la evolución. Latente fuera y dentro de cada individuo, pero inmaterial.

Desde el inicio de los tiempos el ser humano ha sentido una gran fascinación por el mundo de los astros y por el orden manifiesto que impera en el cielo incitándolo a creer que los dioses habitan en ese reino superior y por tanto, en él era donde debía buscarse la razón de todas la cosas. Fue este convencimiento lo que llevó a estudiar los astros y sus movimientos con gran interés y dedicación, lo que supuso la creación paulatina de las herramientas adecuadas para lograrlo de manera plena, es decir, al desarrollo de las matemáticas y la física. La humanidad ha ido desvelando, uno tras otro, los secretos del mundo celeste y en consecuencia, del mundo que nos rodea en la Tierra, pero como Ícaro, ha terminado por perder el respeto a los dioses volviéndose cada vez más racional y pragmática.

El estudio sistemático del cielo realizado a partir del año 2.ooo a.C. por los habitantes de la antigua babilonia pasó a formar parte del saber griego tras su conquista por Alejandro Magno en el año 231 a.C. Los babilonios escribían en tablillas de arcilla, multitud de las cuales se han conservado hasta nuestros días. En ellas quedan patentes sus conocimientos de matemáticas: el sistema de numeración babilónico dio origen a la costumbre actual de dividir las horas en 60 minutos y los minutos en 60 segundos y el sistema de medida basado en grados, minutos y segundos. Los caldeos establecieron la división de la banda zodiacal en doce signos coincidentes con las constelaciones del zodiaco, cuyo nombre aún perdura. Los babilonios consideraban posible la prevención de ciertos desastres mediante la correcta interpretación de los astros. Ello motivó el registro de todos los fenómenos astronómicos en las tablillas Enuma durante algunos siglos, unos datos que les permitieron advertir ciclos en el comportamiento del Sol, la Luna y los planetas. Las tablillas babilónicas reflejan con claridad hechos como la aparición del cometa Halley en 164 a.C.

Las civilizaciones precolombinas poseían conocimientos notables en esta materia, pero muchos de los vestigios de estas culturas fueron eliminados por los conquistadores. La civilización maya, asentada en Guatemala y el sur de Méjico actual, desarrolló un sistema de numeración extraordinario para elaborar el calendario: 365 días repartidos en 18 meses de 20 días, más 5 días sueltos. Los mayas poseían un conocimiento muy exacto de la duración del año trópico y del mes sinódico con un error de 17 segundos para el primero y de 24 para el segundo.

La astrología lleva en sus espaldas el peso de la tradición académica de las escuelas de conocimiento grecorromanas sentando las bases de la astronomía, alquimia, medicina y meteorología. El emperador Constantino restringió su uso a las actuaciones bélicas y prohibió su estudio ante la amenaza que suponía que el pueblo fuera dotado de dicho saber. Eliminada del mapa por la Santa Inquisición en Francia, España e Italia, logró sobrevivir gracias a los ortodoxos en Inglaterra, donde puede cursarse como carrera universitaria en Londres. En los años 50 la comunidad psicológica reparó en su potencial recuperando cierta notoriedad.

No obstante, el zodíaco, como tal, no existe en términos concretos. Es el aparente movimiento del Sol alrededor de la Tierra, el cual se ha dividido en doce segmentos; a cada segmento se le asigna una imagen, un conjunto de significados a través de la simbología; el lenguaje universal. Si se toma la realidad como algo más sutil y nos acercamos a ella a través de conexiones o correspondencias, entonces sí se podría establecer que la Astrología es real, pues dichos patrones son reales. Pero no existe un modo en que puedan ser medidos cuantitativamente de acuerdo a instrumentos de “realidad”. Un ordenador es algo que definimos como real. Y, en ese sentido, la Astrología no es real. Todo depende de lo que se quiera expresar o se entienda por “real”, ¿o acaso el invisible viento agita los árboles invisibles?

Es posible trasladar los conceptos astrológicos a las distintas realidades: a una obra arquitectónica, un óleo, un poema, un hecho histórico, una estancia, un objeto, una conducta, una teoría…, encajando el todo en su enantiodromía implícita.

La astrología clásica, erudita, védica, kármica, psicológica, médica, mundana, financiera, horaria, electiva, predictiva (depreciada en pro de la meteorología, cuya interpretación, paradójicamente, sí es admisible); los ciclos del devenir, la astroanamnesis; los distintos sistemas de casas, las cartas heliocéntricas o geocéntricas. Armon o Kepler. Partes arábigas, atacires, armónicos. Todo lleva al mismo punto, independientemente de las herramientas que se utilicen.

El verdadero objetivo de la Astrología no es limitar, enclaustrar o etiquetar a un individuo, tampoco acrecentar un sentimiento de desamparo o interferir de un modo radical en su libre albedrío. Es llevarlo a un estado de conciencia de sí mismo reforzando, mejorando y ampliando su propia estructura a través del conocimiento y entendimiento tanto de sí, como de lo que ha sido su trayectoria vital, evidenciar el impulso y voluntad que le hace caminar y cuánto obstaculiza su andar para que alcance la meta responsabilizándose de su destino.

La carta en sí es una gran orquesta que refleja la multitud de aristas que componen a un individuo y que, afinada, deleitaría a cualquiera en su exquisito sonido. Aprender a tocar un instrumento como la energía vinculada a Saturno no es sencillo, pero sí posible.

Lo que cambia no es el planeta, la configuración, el aspecto o su estado cósmico en la carta natal, es el modo de contemplar y utilizar su energía; de drenarla e integrarla. Un hecho en sí no puede ser modificado, pero sí la óptica con la que se enfoca abordándolo de forma constructiva. No es lo mismo decirle a una persona que debe aprender a respetarse para que los demás la respeten, que decirle que van a faltarle al respeto continuamente. O que su nivel de entendimiento vital le llevará a una sentenciada soledad debida a la aterrante incomprensión de los demás, en lugar de evidenciarle que tendrá que emplear sabiamente su nivel de conciencia para distinguir y seleccionar con prudencia y cautela a aquellos con quienes compartir una intimidad emocional enriquecedora sin estar a la defensiva. Si se perciben los acontecimientos como circunstancias puramente exteriores que nos suceden, se toma una posición determinista y fatalista, y no se comprende el papel que nosotros mismos desempeñamos en la configuración y la constitución de cuanto sucede, de la propia mirada y la responsabilidad. Si la Astrología se orientara exclusivamente hacia los acontecimientos, se podría imponer el siguiente estigma a una persona que tiene a Saturno en la Casa XI: “Sus amigos serán para usted fuente de restricción, frustración, sufrimiento y desilusiones”. Es posible que eso, de alguna manera, sea cierto, pero hay que preguntarse qué objetivo tiene una signatura tan catastrófica. Para un individuo que tenga a Saturno en este escenario, las dificultades o problemas con los amigos no son más que la parte visible del “aprendizaje”, la manifestación exterior de algo de cuya creación, él mismo es responsable. La dificultad para relacionarse con sus compañeros es la materialización superficial de algo mucho más profundo: su miedo a expandir sus propias fronteras de modo que incluyan algo diferente de sí. Una persona así quiere ser más grande de lo que ya es, identificarse con algo que trascienda el sentimiento que tiene de sí misma, y sin embargo, le asusta y atemoriza poner en peligro la identidad que ya tiene. La casa XI le invita a que se abra a una realidad mayor, pero Saturno le dice: “Espera, ten cuidado, no pierdas lo que ya conoces, lo que es seguro, lo que ya eres”. Si se ven las cosas de esta manera, no es la amistad lo que se restringe; son sus propias restricciones las que ponen límite a sus amistades. Si se señala este dilema se estará guiando a la persona en la dirección del cambio y por tanto, del crecimiento y la expansión que, en su foro interno, tanto anhela. Hacer frente a esas pretensiones, examinar sus orígenes y buscar las formas posibles de enfrentar sus miedos son las llaves capaces de abrir las puertas de la evolución. Cuando se aprecian las dificultades en el contexto del despliegue de potencialidades y realización del proyecto de vida, los conflictos que el individuo experimenta con sus amigos se convierten en un aspecto tan necesario como positivo en su experiencia. En vez de evitar la confrontación o echar a otros la culpa de lo que le sucede (mediante mecanismos de defensa como la proyección, desplazamiento, rechazo o sublimación), trabarse en lucha con Saturno en la casa XI será para él un medio de convertirse en lo que se espera que ha de llegar a ser, y de responsabilizarse. Y este enfoque y análisis profundo de lo que muestra la simple punta del iceberg que es Saturno, es más completo, enriquecedor y constructivo que una mera interpretación de manual que se limite a recalcar lo que el individuo ya ha vivido alimentando su frustración e incluso patologías con un “lo siento, ¡tus amigos te frenan y bloquean!”. Las relaciones e interacciones sanas y enriquecedoras se cimentan en el respeto a la individualidad en colaboración y la aceptación de la fusión en las diferencias para que sean verdaderamente significativas y adquieran su particular trascendencia en cada individuo y en la comunidad, que en el fondo es lo que ansía ávidamente la combinación de Saturno y la Casa XI.

La historia, el arte, la filosofía, la literatura, la mitología, la psicología… se conectan a esta elevada dimensión del Ser.

Un artista puede despertar en medio de la noche y plasmar en un lienzo algo superior a sí mismo. Algo que expresa una energía a la que se ha conectado y denomina inspiración, pero el ego no encaja estos conceptos cuando la lógica está a su servicio. Es el caso del misterioso y fascinante tríptico El jardín de las delicias de el Bosco. En la última década, el número de publicaciones y estudios relativos al análisis del mundo creativo y la inspiración, se ha incrementado tratando de estimular el hemisferio cerebral derecho a través de técnicas bioenergéticas, métodos de trabajo corporal, estimulación sonora, lumínica, de meditación… Y es fascinante cómo algunos de estos estudios han hallado un patrón teórico para el psiquismo creador, algo que guarda relación con lo abierto y que no reconoce, a priori, límites. Proust definió la dirección de esta relación afirmando que “es preciso no tener miedo de ir demasiado lejos, porque la verdad siempre se encuentra más allá”. Con ello no define el lugar de cualquier verdad, sino la verdad para un sistema dentro del psiquismo: el que organiza sus operaciones y formaciones en relación con lo posible, con lo potencial, y realiza los trabajos necesarios para que dicho potencial logre existencia. Crear, definía Ferrater Mora, es transformar lo posible en actual, hacerlo nacer. Poesía, precisó García Lorca, es hacer posible lo imposible. De alguna manera, en la actualidad, necesitamos desarrollar mapas teóricos que nos digan qué clase de continente estamos recorriendo en estas experiencias, pues todo lo relativo a la creatividad o la inspiración se torna en un vasto continente aún por descubrir. Pero lo que sí puede establecerse con rotundidad en este sentido, es que la mayoría recurre a citas de escritores, autores y poetas cuando desea dar expresión a una experiencia personal, tal vez porque el alma se reconoce una y otra vez en sus manifestaciones eternas.

La Astrología implica bucear en aguas muy profundas que atraviesan miles de capas de realidad, pues no es algo que se alcance a “dominar”, ya que adquiere múltiples dimensiones en su observación a medida que aumenta la perspectiva. El éxito de una obra artística no radica en el entendimiento intelectual, del cual también puede tomar su forma (y que en dicho caso se conectaría con la energía uraniana), sino en la conexión mística con el todo que tan bien simboliza Neptuno, pues el mítico Neptuno es una diosa capaz de embriagar con sus elevados y atrayentes cantos de sirena, la eterna musa que Venus idolatra e idealiza aspirando a materializar para poder oler, tocar y sentir en su goce mundano. Algo que también le ocurre a Saturno cuando se tropieza con él.

Saturno forma parte de los denominados planetas exteriores o gaseosos y en una primera instancia su austeridad no resultó nada interesante, incluso Galileo no supo interpretar sus anillos al verlos. Neptuno es uno de los planetas exteriores o gigantes gaseosos, y fue descubierto gracias a predicciones matemáticas, de hecho Galileo llegó a confundirlo con una simple estrella. Para diferenciar a Urano y Neptuno de Júpiter y Saturno, muchos científicos se refieren a los primeros como gigantes helados y a los segundos como gigantes de gas. Neptuno y Saturno forman un excelente tándem, construyendo elevadas y resistentes estructuras dignas de trascendencia, al igual que Júpiter y Urano. Y la estadística nos muestra como las conexiones de estas energías han dado lugar a obras científicas, intelectuales, culturales, literarias y artísticas de gran notoriedad, ya sea por su anticipación en el tiempo o por su claro reflejo de la realidad.

El eneagrama, la cábala hebrea, la numerología, la cromoterapia, gemas, tarot, los siete rayos…, lo tildado como esotérico y místico también resuena en la Astrología, que acoge sus conceptos de igual modo que La Suma Sacerdotisa porta en sus manos la Torá.

La Astrología pretende crear consciencia, pues no concibe los acontecimientos como circunstancias meramente exteriores, integrando el papel que cada individuo desempeña en cuanto le sucede y su responsabilidad, en algunos casos inconsciente o derivada de “otras experiencias” como una cadena de sucesos que podrían catalogarse como kármicos y cuyo origen se asienta en otras vidas y es posible recuperar a través de terapias como la regresión o el fascinante mundo de los sueños.

La energía está en continuo movimiento; ni se crea ni se destruye; se transforma. La carta natal, por tanto, no es estática, y las progresiones secundarias, direcciones primarias, revoluciones solares, lunares y tránsitos reflejan dicho movimiento. Es aquí donde la Astrología admite una “redención” posible para el hombre, la cual está ubicada tanto en sí mismo, en su interior, a través de su propio conocimiento y del proceso que Jung denominó “camino de individuación”; una superación de los opuestos, de la dualidad, así como en el contacto con el exterior, pues la individualidad no es un fin en sí misma y requiere de contacto para ser, incluso de otro para integrar la realidad, que a su vez se vierte a una realidad mayor en un flujo continuo de intercambio. No puede existir un yo sin un tú, ni un vosotros sin nosotros. Y aquí se alcanza “el segundo nacimiento” que Jung define como la liberación de los mitos sociales y culturales. La Astrología acorta la distancia impuesta que la existencia de un bien y bueno tan óptimo, implica en un mal y malo tan pésimo, así como la materia y la antimateria, el texto escrito y cuanto lo inspira, porque “en un punto de ti, existo y tú existes en un punto de mí”. Pero como tales conceptos están limitados en la palabra que contiene los mitos personales, familiares, culturales y sociales con los que se maneje cada individuo, es preferible sintetizarlo atestiguando que cada cada persona tiene unas negociaciones muy particulares y únicas que hacer y que contará con unas herramientas, adolecerá de otras, tendrá que adquirir algunas nuevas y un largo etcétera para ello.

Es la interpretación o el punto de vista de una persona el que desvirtúa una ciencia, una corriente o un estilo. El que hace perjudicial la energía de un contacto, una configuración o un planeta, al igual que una conducta, una palabra o una circunstancia. Lo que se cataloga astrológicamente, en una primera instancia, como “maléfico”, sencillamente señala un área delicada, situaciones, emociones o vivencias que hay que atender con cierto cuidado prestándoles especial atención en su gestión, pues no serán “fáciles” o dadas como otras y requerirán de mayor gasto energético, voluntad, trabajo, disciplina, e incluso puede que resulten áreas aburridas, monótonas, poco estimulantes, tristes, tediosas o molestas para el individuo. Todo mapa natal tiene como fin su propio desarrollo, por tanto, los arquetipos y mitos manifestados en él, deben contemplarse bajo una óptica de aprendizaje y crecimiento que garantizará el suelo firme por el que avanzar. Es por ello que la Astrología se asocia con Urano en su papel de visionario y transgresor, de la Casa XI, los grupos, las nuevas tecnologías, el avance, la evolución y una realidad mayor. No obstante, personalmente, no dejo de otorgarle la facultad neptuniana, pues como Neptuno, se cuela y está en todo, aunque sea difícilmente apreciable, pero localizable si se sabe dónde buscar, ni la de Plutón, con la catártica visión del ave Fénix en su “camino menos transitado” y ascensional.

Los transpersonales trascienden a sus octavas inferiores, se alían a lo social y embriagan a las luminarias. De alguna forma, sus octavas repican en esta disciplina sobrepasando lo mundano a una escala que en determinados momentos podemos rozar a través de los estados alterados de conciencia y, esos instantes de comprensión cósmica, donde todo parece fundirse en uno y se escapan velozmente, pero empapan el alma. La Astrología es una necesidad metafísica o de orden superior que engloba a las anteriores quedando definida en la jerarquía de necesidades de Maslow.

El complejo de Jonás y la homeostasis late en sus estudios a través de la pulsión saturnina, así como en la ley de la gravedad de Newton que sintetiza la experiencia que supone la oposición y la cuadratura, las teorías evolutivas de Darwin, el bosón de Higgs o el proceso de la metatésis recíproca del Yod. Si tuviera que asignarle una palabra sería “totalidad”: una integración del todo dentro del todo que encaja a la perfección, pues nada contradice la ley de la búsqueda que ha marcado al ser humano desde el inicio de los tiempos. Es el cerbero a las puertas del Hades a modo de cola en Fornax; moviéndose de lado a lado en su disolución pisciana, que retorna al final para comenzar.

Hoy se sabe un poco del comienzo, y del final, pero no se tiene ni idea de cómo es el medio perdiendo el sentido de los ritmos naturales de la vida en un constante desequilibrio. En el siglo XVI las personas percibían sus propias necesidades como subordinadas a la comunidad, vivían en pequeños grupos próximos a la naturaleza. La ciencia se basaba en la razón y en la fe; lo material y lo espiritual estaban inextricablemente unidos. En el siglo XVII el sentido de un universo espiritual y orgánico fue reemplazado por un mundo regido por leyes mecánicas. La tierra ya no era la Gran Madre, sensible y viva, sino un mecanismo que se podía descomponer en partes y piezas, como un reloj. Y el famoso enunciado cartesiano Coigo ergo sum, declaró la escisión entre mente y materia. La gente se mudó a la cabeza y abandonó el resto del cuerpo. La fragmentación se alzó hasta el primer puesto en el top five, y continúa reinando, a pesar de que la física del siglo XX haya demostrado que nada puede entenderse aislado de su contexto. Así como el verano sigue a la primavera y el día se convierte en noche, hay una razón fundamental para que un proceso vital siga a otro. Emergemos del mar, cobramos forma y volvemos a disolvernos en él. El proceso como tal es parte de la raíz de la experiencia. La división no es más que una parte de la totalidad y, sin embargo, el ser humano se aprisiona en ella. Pero la totalidad lo es todo (valga la redundancia). Y es que el todo es mayor a la suma de sus partes.

La información carece de fin en sí misma, requiere del conocimiento que otorga la experiencia para alcanzar la sabiduría mediante su integración, eso, para mí, es la Astrología; la vida.

 

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