Imagen personal desierto del Sáhara, Merzouga

Amar no es querer

 

A todas las mujeres y hombres con los que trabajo a día de hoy en la integración y equilibrio de la energía femenina y masculina desde el rol femenino y masculino y en los talleres de relaciones.

Al final del texto les dejo un enlace de la entrevista de Jesús Quintero a Jorge Bucay en la que explica gráficamente, con un libro y dos trozos de papel, la diferencia entre el amor y la pasión.

Amar es algo de corazón, que da sin esperar recibir, que no “cosifica” al otro y que no mide. Querer…; querer queremos un café, unos vaqueros nuevos o que llegue la primavera de una vez…

 

Y ahora, ilustremos con una historia, tan real como la vida misma, lo que sucede cuando alguien desea (conscientemente) el equilibrio del amor y el bienestar duradero, pero quiere (inconscientemente) la intensidad de la pasión y la satisfacción efímera e inmediata: momentos de confusión.

 

Amor en tiempos de cólera

 

Domingo por la noche, Laura me llama: “No sé qué ha pasado con Fulanito”.

Situémonos, ¿quién es Fulanito? Fulanito es un “fulano” muy simpático que era, hasta hace dos semanas, el flechazo idílico de Laura.

Empezó con el típico chica conoce a chico y ambos se gustan más que comer con las manos, se cuentan sus vidas (sin profundizar), las luces y las sombras (maquilladas), y poco a poco cae el telón con el fin de acabar midiendo fuerzas en horizontal. Así que mientras ella va deshojando la margarita, Fulanito hace méritos. Salen a cenar, van a algún concierto, se cuentan sus dramas cotidianos y ríen hasta la saciedad. Con vocación de sereno él le da los buenos días, las buenas noches, las buenas tardes, las cinco, las seis, las siete menos cuarto… Le pregunta si ha comido, cenado, si ha escuchado el último disco de “no me acuerdo”… Él, que está haciendo pruebas por si se le fastidia la ubicación del iPhone, informa puntual que está en casa, en la oficina, en la calle… (Laura se colapsa un poco y se pregunta si Fulanito tiene vida interior, exterior, o sobrevive. Si vive y encaja y encaja y vive, o se murió. Incluso a cuántas capas se mueve y si hace lo mismo con 5 ó 10 más, desconfía y entra en necesidad). Fulanito le envía fotos de lo que come, dónde come, de la esquina en la que está apoyado en su desasosiego cósmico, de la lámpara que ha colocado con sus propias manos… Le retransmite el partido de fútbol, o lo que se tercie, con objeto de arrastrar a Tritón a su mundo neptuniano. “Lo da todo” para que Laura tenga claro que ella es su prioridad y se sienta tan única como ya es (aunque ella no lo sepa ni lo crea). Laura se resiste, porque Tritón es una Luna con capacidad de retroceso, y aunque tiene miedo y ambos están empezando la casa por el tejado, aspiran a compartir, como cualquier ser humano.

Con baterías cada vez más viciadas y las ansias de quitarse las ganas por bandera, alcanzan la meta haciendo un exhaustivo reconocimiento de la estructura y resistencia de los distintos muebles de la cocina, el baño, la despensa, el pasillo…, repasan el Kama Sutra y duermen como Dios los trajo al mundo -desnudos, y sin entender nada-, pero compartiendo el sueño. Se miran a los ojos, se abrazan y abrasan. Él ronca, y a Laura, en ese momento, no le importa que el edifico entero se tambalee, o se caiga.

Laura, por sí misma, empieza a medir estacionaria… Asesorada por el grupo de WhatsApp “la gente que más te quiere te hace las mayores putadas” es incapaz de iniciar su movimiento retrógrado: está embriagada.

A la mañana siguiente él baja a por el desayuno. Ella hace café y empieza de nuevo el mambo. Los vecinos deciden disfrutar del domingo en algún merendero, ya han tenido bastante con la nochecita que les dieron los que viven como follan. El jueves no pueden pasar la noche fuera, ni siquiera comprarse unos tapones, nadie los avisó. Llegado el viernes, advirtiendo la fiesta, hacen las maletas y se van de fin de semana. Laura y Fulanito aprovechan lo que queda de invierno, bajan las persianas y apagan los teléfonos.

Tras varios días sin saber nada, Laura empieza a ver la luz al final del túnel, se acerca hacia ella muy rápido: ¿es un tren?

El viernes Laura no se da un repaso con la cuchilla porque hace años que invirtió en láser. Comienza a dudar y requiere de apoyo gravitacional para iniciar las maniobras de retroceso. Tira una bengala a modo de mensaje en el grupo para ser atiborrada a consejos.

Dos semanas de tragicomedia después, el domingo por la noche, Laura me llama.

La luz era la del tren. Fulanito se agobia muchísimo. No sabe qué le pasa, a veces “espera otra cosa y se decepciona con facilidad”. Laura no entiende nada y le da mil vueltas. Acaba de terminar una carrera de ciencias y espera encontrar la fórmula exacta.

—Teníamos una confianza increíble. ¿Qué pasó?

Enmudezco. Al otro lado Laura se angustia cada vez más. Me acerco amenazadoramente al minuto de silencio pensando que lo que cuenta es la intención. El resultado no solo depende de la voluntad, porque existen momentos vitales donde no somos conscientes ni siquiera de lo que queremos en realidad y los contactos profundos nos declaran la guerra porque estamos en guerra con nosotros mismos. Pienso en la peculiaridad de su capacidad de retroceso… Igual entre tanto consejo le pasó lo mismo que a Plutón, quién sabe…

—¿Me oyes?

—Sí, claro, te escucho atentamente y te agradezco lo compartas conmigo. Pero es mejor que nos veamos. Cenamos algo y nos tiramos en la alfombra…

Laura llega con los ojos hinchados. Preparo la cena y me relata su Vietnam emocional cuestionándose “por qué Fulanito se lo ha currado tanto si solo quería sexo”. No la miro, lavo lechuga. Tengo las manos muy frías, casi tanto como los pies.

—¿Por qué se ha implicado tanto conmigo para terminar así?

Me sujeto muy fuerte a la copa de vino y solicito apoyo musical, busco esa canción de Quique, y la encuentro.

—¿Qué haces?

—Laura, dale al play, por favor.

Laura no le da al play ni aunque se lo pida El Mismísimo.

Me mira con los ojos en llamas, sumergida en un odio profundo, casi como si yo fuera Fulanito en persona negándose a darle una respuesta convincente que haga juego con su voluntad, la cual insiste en que ahora pasa tanto de ella como de la sizigias que regala el firmamento por algo que ella hizo mal.

Late la cicatriz universal.

Vuelvo a coger la copa de vino y me agarro fuerte, otra vez. Le doy al play. Subo el volumen. Ella me clava la vista como una finalista de Miss Universo mira al presentador con el sobre.

“Te ha dicho que eres importante y que nunca ha conocido a nadie como tú y se ha ido, sin más. Los puntos suspensivos los has puesto tú. Él está claro que solo puso un punto. Así sin más, igual que ha llegado, se ha ido”. 

Pongo cara de pilla y mento a Marte, a Venus, al fuego de Aries y, como no, a la dualidad geminiana. Ella sonríe a regañadientes insistiendo en activar el modo escudo. Cojo su mano y la aprieto mientras le digo lo mucho que lo lamento. La ira deja de nublar sus ojos para conectar con el dolor y rompe a llorar. Nos abrazamos. Una vez cesa el llanto, lo entiende, porque todo se ve distinto después de la lluvia, sobre todo, si el amor te sostiene.

Se ríe de las locuras que ha hecho y el sinfín de estupideces que requieren una contemplación que solo se le da a la Luna y para eso, al menos hay que ser hacker y no parecerlo. Las carcajadas inundan el salón y Laura recupera su órbita; volverá a ser ella, pero más y mejor.

Quique repite: “Y ahora ya no puedo prestarte mi abrigo, ni quitarte la ropa, ni sudar contigo, ni perder la calma, ni decirte las cosas que nunca te he dicho, ni subirte la falda ni cogerte con vicio. Ahora da lo mismo reírse de todo que llorar por nada”.

Las cosas nunca empiezan donde parecen hacerlo. Fuera de su ecosistema seguían pasando cosas, pero Laura solo veía el foco que la iluminaba a ella, atrapada en etéreas ilusiones y fantasías, pasó por alto cuanto se ocultaba en el silencio y la falta de planes que aspiran a compartir en un contacto profundo; a conocerse de verdad. “Aún no ha llegado el momento” se repetía, mientras sonaba el eco de aquellos “jamás he conocido a nadie como tú” que la inundaron de una intimidad emocional de 5,8 en la escala Richter. Podría haber sido peor, ir a más sin ton ni son y alcanzar la destrucción total de comunidades cercanas y causar daños severos en un radio de más de 1.000 km de distancia.

Él empezó a mandar mensajitos en su adicción de gustar por gustar recitando versos. Siempre hay agua con más misterio. Ella quería que durmiese en su cama y a él “le moló el rollo que ella llevaba”. Y entre risas ninguno pensó en Laura, ni en nada.

Citando a Kundera “hay hombres que se enamoran de mujeres y otros que se enamoran de sí mismos enamorando a mujeres…”. También mujeres que se enamoran de ellas mismas al estar con otra persona porque, ambos, en el fondo, lo que desean es quererse.

Mantén siempre la autenticidad y coherencia de quien hace lo que siente, tan libre de prejuicios como para seguir volando, aunque caigas. Nadie aprende a volar sin batir sus alas. Y el águila que no salta al vacío, muere sin saber que volaba.

Les dejo el enlace de la entrevista de Jesús Quintero a Jorge Bucay (minuto 4, merece tu tiempo verlo).

Y les recuerdo, porque a veces se nos olvida, que la dualidad es una mera ilusión.

Imagen, Al calor del fuego, Merzouga.

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